Una historia de amistad verdadera, pero sobre todo una historia de amor, de un amor instantáneo, que los bajos fondos de París convierten en tragedia. Contiene unos impresionantes primeros planos de actores tan cinematográficamente bellos como Simone Signoret (Marie) y Serge Reggiani (Raymond), que por si solos enamoran al espectador.
Sin nada que perder, Raymond decide ejecutar una justa venganza. La historia y el aspecto que el protagonista tiene de romántico y de anarquista (en el sentido peyorativo y lamentable que se nos ha dado, de asesinos de bomba o pistola) me obliga a pensar sobre esa ambivalencia humana que sustenta la pena de muerte: unos asesinatos no valen, pero otros sí.
Me niego a que legislen a favor de la ejecución máxima, pero no por respeto a la vida, la cual no considero sagrada. Todos matamos para comer, y todos mataríamos si fuera cuestión de sobrevivir, incluso a nuestros semejantes. La civilizacion que heredamos ha sobredimensionado los conceptos de vida y de muerte, lo mismo que los del bien y del mal. En eso Jacques Becker los vuelve a colocar en su justo sitio. Pero la historia cotidiana (más que la historia escrita) prueba que en el resto de las circunstancias, quitarle por ley la vida a otro hombre conlleva la normalización de la injusticia fácil, de la ejecución de inocentes por motivos políticos, personales u otros, demasiado mal para tan poco bien.
La narración cinematográfica plasma mejor que otros tipos de narración el componente del arquetipo moral, es decir del instinto moral. Raymond actúa como podría hacerlo un animal en una situación semejante dentro de su mundo: sería una justicia primitiva que un individuo humano en semejantes circunstancias extremas, y no vamos a negarlo para quedar bien, ha de ejecutar para alcanzar algo de paz. la poca que quede. Sin embargo, tal justicia o venganza aplicada al mundo social, incluso bajo el paraguas del debate mediático, se convierte en el argumento fácil y favorito de descerebrados incultos o de políticos corruptos, como algunos bien famosos del país que quiere llevar la paz al resto del mundo.
Suelo meditar mucho sobre la fuerza que tienen las historias de venganza en el cine. Creo que lo simple nos trae lo profundo, y en estas historias tan simplesel cine habla quizás de manera resontante, profunda, un eco de la palabra interior. Se trata de la necesidad que tiene la naturaleza humana, y de toda naturaleza, de volver a un estado de menor alteración, a restaurar lo que se ha roto.
Precisamente ahí es donde falla la pena de muerte. No creo mucho en la capacidad de nuestro sistema democrático de restaurar ánimos personales que sólo la misma persona destrozada puede alcanzar.
Al parecer se puede elegir democráticamente asesinar en Irak, en Afganistán o en otros sitios. Matar desde el aire es para la democracia cualitativamente distinto de matar, como en España, mediante un coche bomba, y no son, como diría el sentido común, dos actos de terror equiparables. Creo que la inocencia o culpabilidad del asesinado, lo mismo que la justicia o la injusticia del acto, nos meten en un callejón sin salida, en una espiral dialéctica que nunca acabará. Los democráticos argumentos de legalidad internacional, prevención o justicia evidencian la hipocresía de valores que tiene este sistema social que todos elegimos (bueno, yo no). Sí, traguémosnolo: la guerra es más democrática que una bomba en Barajas. Cuando hablan de terrorismo, los demócratas deberían de taparse la boca con la mano y agachar la cabeza.
Todos estos demócratas que propugnan la pena de muerte para casos de terrorismo o de asesinato premeditado no piensan en las consecuencias sociales de instaurar el asesinato. Sería complicarse más de lo que ya está de complicado, enredarse en camisas de once baras, volvernos más y más locos, y ya estamos suficientemente locos desde hace muchos cientos de años. Espero que este pensamiento mío sirva para que alguno de pensamiento acelerado y boca ultrasónica no extraiga de películas tan maravillosas como esta la idea de que la pena de muerte es justa.