Bitácora de Josini, un asturianu ciudadanu del mundu

Abril 5, 2008

Grizzly Man (2005) de Werner Herzog

Archivado en: Cine, Filosofía, Guerra, Historia, Sociedad — by elasturianu @ 9:16 pm

Este es un estupendo documental sobre la naturaleza y nosotros mismos, de esos pocos que no aburren, al revés, a los que encuentran aburrido el género de los documentales, y yo me incluyo porque suelo ser bastante perezoso con este género.

Habla de un hombre que detestaba una vida convencional en un mundo convencional de asfalto y automóviles, y que amaba a los osos “grizzly”. Todos los veranos se iba a vivir junto a ellos. Era consciente del peligro, pero no lo asimilaba, no lo procesaba, no actuaba en concordancia. Prefería ver a los osos como animales mansos, como nuestros domésticos perros de ciudad. Adivinemos qué le pasó finalmente.

La lección más interesante del film no es que un hombre medio infantil, medio ingenuo, medio loco, transpasara la barrera entre el animal domesticado y dócil que es el hombre moderno, y el animal salvaje y primitivo que es el oso pardo, y se lo comieran. Él mismo sabía cuál iba a ser su final, y no parecía importarle. Sus mismos amigos dicen que se lo estaba buscando. Preferió enfrentarse a su propia animalidad sólo en el mismo momento de su muerte. Hay dos temas de fondo mucho más interesantes sobre los que reflexionar:

El primero es buscar la razón por la cual nuestra civilización moderna, tecnológica, captialista, occidental, necesita ver postales de la naturaleza para recuperar un trozo de sí misma que ha perdido en nuestro pasado. ¿Qué vemos en los celtas?, ¿en los indios norteamericanos?, ¿en los salvajes osos o leones a punto de extinguirse?. Los celtas iban a la guerra, machacaban al enemigo y sacrificaban personas para propiciar a los dioses, no sólo fueron guerreros legendarios que, supuestamente, nos dejaron estupendas melodías. Los indios norteamericanos eran feroces con sus enemigos los colonos. Los leones y los osos matan a sus cachorros para volver a copular. ¿Es que no queremos aceptar que lo que perdimos es tan hermoso como horrendo?. Y…, ¿por qué no aceptamos que lo que somos ahora mismo es lo mismo que seguimos siendo desde siempre?. No me explico si no lo de Irak o Afganistán.

El segundo tema es que el protagonista y director del documental que se halla dentro del documental, y que murió, no murió solo. Se hallaba con él su novia, quien tenía miedo a los osos porque aceptaba el peligro real. Le insistía en que dejara de “proteger” a los osos, que por cierto no necesitaban protegerse en un espacio protegido. Aún así…, se quedó con él hasta el momento de su muerte. Se sabe que el amor es ciego, pero… ¿es tonto?.

Pero si lo fuera, también está en su derecho.

Noviembre 28, 2007

Simón el Mago (1993) de Jean-Claude Carrière

Archivado en: 11 de Septiembre, Filosofía, Guerra, Historia, Lecturas — by elasturianu @ 2:10 am

Obra literaria sobre la supuesta vida de Simón el Mago, o Simón de Samaria, personaje histórico mencionado, por ejemplo, en un evangelio apócrifo, y que aquí este escritor y guionista acerca poco a poco a la vida de Jesús, ambos contemporáneos, para comprender mejor el mensaje, supuesto, de la mítica figura que prefirió la historia. Un mensaje gnóstico que comparto, aunque el gnosticismo sea algo más enredado de lo que yo pueda aguantar.

Como era de esperar, estos dos son personajes hijos de aquel tiempo y por tanto la novela maneja divagaciones y dudas teológicas y apocalípticas que pueden echar atrás al lector. Este, sin embargo y gracias al final, puede llegar a cogerle cariño al libro. Aviso de que el final es cristiano, pero nada complaciente con el cristianismo.

Dejaré a un lado el personaje de Simón. No debería hacerlo, porque también es fascinante. Es a la vez creyente y embaucador, inteligente y muy ambiguo y sutil. Desde la perspectiva que tiene él sobre Jesús, es decir como embaucador, arroja cierta luz a los supuestos milagros del galileo, si es que se admite el que tales hechos efectivamente tuvieron lugar. Pero hablaré de Jesús, por una razón y es que ya llevo muchos años queriendo hablar de ello en la web.

Yo pongo en duda la realidad histórica de una figura arquetípica como es Cristo. El primer testimonio escrito sobre Jesús es el de Flavio Josefo, y data de unos treinta o cuarenta años -si mal no recuerdo- posterior a su muerte. Josefo habla de él como alguien que violentaba a los judíos contra sus ocupadores romanos, es decir lo que hoy Bush llamaría terrorista de Al-Quaeda (ironías: la supuesta estampa de Jesús y la de Bin Laden son odiosamente gemelas). Nadie toma en serio a Bush, salvo los americanos -y cada vez menos-, pero parece ser que los historiadores confían en Josefo, judío romanizado que había luchado él mismo a regañadientes contra el invasor, y que fue perdonado por Vespasiano, su vencedor, por predecirle que sería emperador.

Jesús es, para mí, alguien complejo. Es un arquetipo, y como tal es una imágen colectiva que pertenece a toda la humanidad, también a la que existió antes de él. Eso explica coincidencias con otros mitos como el de Isis y Osiris, o el de Lao Tse, porque como arquetipo, es un símbolo plasmado en una imágen y en una historia, que en la Biblia da lugar a cuatro tramas (una más con el Código Da-Vinci). Además de todo esto, el que este símbolo exista en la mente de todos y sea atemporal le da alguna validez moral o por lo menos psicológica, por más que estemos o no de acuerdo con lo que representa, ¿no es así?.

Además es un mito, en el sentido de leyenda falsa o de verdad reconvertida por el folklore, porque todo lo que se escribió sobre él es posterior. Los evangelios canónicos también son posteriores, circulaban por el imperio a finales del siglo primero. Los apócrifos son todavía más posteriores que los que la Iglesia admite como teológicamente verdaderos (por cierto, aún así, he leído que no los ha perseguido, simplemente los descarta).

Como figura es más humana que divina porque es muy contradictoria. A veces es violento y a veces habla de poner la otra mejilla. Por cierto que poner la otra mejilla es un regalo “divino” para el poder, que se alimenta de la pasividad de las masas. El libro de vacas, cerdos, guerras y brujas (1975, Marvin Harris), una popular autoridad en antropólogía, explica una causa histórica o etic de porqué triunfo el cristianismo, tras la represión que vivió Flavio Josefo, gracias a esa magnífica idea, complaciente con el poder, de poner la otra mejilla. Yo diría que gracias a esa idea el poder se has sustentado durante dos mil años, ¡bendita ignorancia popular!. Creo que Ghandi fue un revolucionario que sacó la mitad revolucionaria de Jesús, y la otra mitad reaccionaria se la quedó el imperio romano y la iglesia, que se alió con él.

Hay incluso una teoría que parece que ya han descartado todos los expertos, si bien en una figura tan controvertida coma esta no me fío de ninguno de ellos. Es la de que Jesús verdaderamente no existió, y es una figura inventada posteriormente. En un maldito libro que no acaba de publicarse, pero que se vende ¡por trozos! a precio regalado en la disbribuidora Anarxya de Gijón, se expone una interpretación alternativa de Jesús: Flavio Josefo escribiendo sobre Jesús, podría estar describiendo una figura legendaria ya entonces, y no exactamente histórica. No me extrañaría nada que hubiera algo de verdad en esta interpretación, puesto que los evangelios apócrifos no parecen tener nada de históricos y sí una riqueza literaria, dramática y fantástica que asombra, es mayor incluso que la de los canónicos. Por eso tengo ganas de leer de una vez, directamente, lo que escribió este judío helenizado.

No creo, empero, en esta teoría, porque siempre es más veraz y más potente una verdad distorsionada que una mentira, convertida en verdad a partir de la nada. Véase por ejemplo al PSOE, que ganó unas elecciones aliándose con la verdad de que estábamos en guerra con Irak por el petróleo, y no por la ética o por la seguridad, mientras que el PP perdió las elecciones por mantener una idea que creó de la nada, si bien no pudo resistir ni cuatro días. A ver cómo acaban los americanos en Irak, a ver si les sirve de algo ese yo arquetípico de salvadores del mundo (el mismo de Osama B.L., o del Jesús de la Iglesia)

Agosto 28, 2007

El druida () Morgan Llywelyn

Archivado en: Ciencia, Filosofía, Guerra, Historia, Lecturas, Libertad — by elasturianu @ 11:50 pm

La sinopsis de esta novela es lo de menos, por eso la dejo para el final. Lo importante es que al leerla he conseguido transformar en palabras algunos conceptos que permanecían aletargados, inmaduros o si quiera no formualdos en mi pensamiento, “en la punta de la lengua”, como se suele decir.

Por ejemplo, la idea de pauta. Llywelyn nos la introduce comparando el movimiento de un erizo con el movimiento o los gestos de Ainvar, que es el protagonista aprendiz de druida y también el propio relator de los acontecimientos, centrados en la Galia que Julio César conquista.

Le explica Menua, su druida instructor, que un erizo tiene sus propios y peculiares movimientos, su propia manera de andar y de actuar, distinta de la de otros animales. De la misma manera, Ainvar posee unos movimientos propios y peculiares como hombre (o muchacho) y también como Ainvar, como el individuo diferenciado que es. Dicho en una sola palabra, el erizo tiene una pauta, y Ainvar tiene otra.

Sin embargo, Ainvar no se ajusta a ellos, es decir, Ainvar es -a esas alturas del relato- un chico patoso. Ainvar no se ajusta a su propia pauta. Y aquí empieza a sonar la campana, por lo menos para mí y para muchas otras personas, estoy seguro, algunas de las cuales quizás ojeen este aburrido blog. La idea de suerte está ligada a la idea de pauta para el druidismo de la novela. Como Menua enseña, la suerte no existe. Se suele decir que una persona no tiene suerte, pero lo que le pasa en el fondo es que no ajusta su pensamiento y su comportamiento a su propia pauta. De la misma manera, de quien sí se comporta tal como le dicta su pauta se suele decir que tiene éxito, o que la suerte le sonríe.

Con esta idea de la pauta, el galo narrador nos introduce en la manera de ser celta, en su cultura, y en la cultura y carácter romanos, que básicamente eran opuestas. El druida es una novela histórica que narra fidedignamente los acontecimientos de la guerra de las galias desde el punto de vista galo, todo un portento intelectual de comprensión, dado que la única versión de los hechos que ha quedado es la del conquistador de los galos, César. ¿Se debe esto a que Llywelyn es irlandesa, y conoce bien el pensamiento celta? No lo sé, no me molesté aún en comprobarlo.

Según el autor y su alter ego el protagonista, Julio César era fiel a su propia pauta, la de un conquistador ambicioso, implacable y sin escrúpulos, poseedor de una voluntad casi sobrehumana. Siendo fiel a la pauta que la naturaleza esculpió en sus genes, César supo explotar con éxito su gran inteligencia y otros dones suyos.

En el bando opuesto, los galos tenían una pauta bien distinta. A medida que se extendían por el mundo, expandían su cultura pero no buscaban una unidad política estatal o regia. Su pauta les disponía al respeto religioso y cultural, y quemaban sus energías en la búsqueda de la verdad y en las disputas tribales que alimentaban la virilidad de sus guerreros. De esta manera, aquel conquistador inteligente y audaz del que hablamos supo explotar ese rasgo de la división política y del enfrentamiento político, muy propio también de tantas otras culturas, por ejemplo la cultura griega o mismante nuestra propia cultura política española, que ancla sus pilares en la profunda división clasista o aristocrática que existe desde la romanización en España.

Un pequeño alto en este discurso para llevarnos a un matiz. Desde el conocimiento que tengo como aficionado de la historia antigua, puedo decir que el autor no solo comprende bien el pensamiento druidesco, el modo de vida celta primitivo, o el alma romana y gala, además parece tener un conocimiento preciso de datos, costumbres y aconteceres. Sin embargo, ¿alguien podría explicarme de donde salió esa teoría de que los belgas eran germanos celtizados?.

Bien, la idea de pauta no es la única idea genial deslizada en estas páginas. Es una idea que emparenta de cerca con otras muy bien expresadas en los conceptos de la norma, o de la fuente. La fuente y la norma son lo que el creador es a las leyes de su propia creación. Vamos a explicar un poco esto.

Los historiadores modernos han contabilizado una cantidad increíble de dioses adorados por los celtas. Creo haber leído tres mil dioses. Me imagino que aquí se habrán computado no solo los dioses citados por los clásicos y archivisibles en la toponimia europea, como son Lug, Taranis, Belennos, etc., también habrán añadido deidades preromanas adoradas en el mundo céltico como Bandua, que se adoró en Hispania y que, sin embargo, es una deidad indoeuropea pre-celta que sobrevivió a la celtización y a la romanización -y que, como curiosidad, nos ha legado la palabra “bandido” (pero no “bándalo”, que viene de la tribu germana de los vándalos).

Sin embargo, los mismos romanos dijeron que los druidas adoraban a un único dios con múltiples formas, y prueba de ello es que celebraban sus ritos en todo lo que plasmase en el alma la visión del centro: un claro rodeado de árboles en un bosque denso, una montaña que dominase el paisaje o una isla, como la isla de Man donde existía en la antigüedad una escuela de druidismo. Esa idea de que los celtas eran politeístas es tan errónea como la idea de que el cristianismo es monoteísta; si esto último fuera cierto, la Iglesia no podría haber impuesto su culto a una población politeísta sin estratagemas como la de crear montones de santos y de vírgenes, seguramente tantas como lugares de culto pagano se encontró.

Tal vez, como dice la novela, los celtas adorasen una única fuente con muchas formas. Tal vez por eso el cristianismo caló con fuerza en Irlanda, porque en el fondo había un monoteísmo en la Céltica que se vestía de muchas formas para los días de fiesta o de sacrificio. Yo creo que el celta vulgar y corriente, no muy instruído pero seguramente no tan tonto como pensaban los cultos y engreídos romanos, adoraba al dios al que más afecto le tenía, o al que correspondiese a su propio totem tribal o personal, de la misma manera que cada polis griega adoraba a su dios o diosa -o “patrón/a” en términos más modernos- y, del contacto de unas polis con otras surge la génesis griega y con ella su politeísmo. Creo que, lo mismo que Homero unificó con sus narraciones en un panteón a todos los dioses de los griegos, los propios de los griegos indoeuropeos como Zeus o Apolo con los pretéritos de la edad de Bronce como Pytón, los druidas unificaban las creencias de su pueblo en un solo dios con múltiples rostros, al que adoraban en el centro de algo como así lo impone la propia naturaleza de fe que se supone ha de darse a un creador, si lo es como es debido. Es decir, creo que los druidas debieron de ser el elemento unificador de la extensa céltica, quizás el único elemento humano consciente, y por eso contaron con la persecución religiosa, la de unos romanos que habitualmente permitían la libertad de culto.

Y aunque esto no son más que las especulaciones de un aficionado curioso, que enseguida finalizo, también creo que el druidismo no se extendió por toda la céltica, pero sí en cambio creencias semejantes. Me baso en que los romanos dejaron constancia escrita de los druidas galos, bretones e irlandeses, pero no hablaron en ningún momento de druidas en Hispania. Sin embargo, los celtas colonizaron directamente o dejaron una impronta permanente, aún rastreable por historiadores, arqueólogos o filólogos, en toda Hispania excepto en las zonas dominadas por los íberos. ¿No tuvieron tiempo los romanos de percatarse de si había o no druidas en la península? ¿Se perdieron todos los escritos al respecto?

Mi opinión es que los celtas se mezclaron más en la península ibérica con culturas anteriores, como son la megalítica y la indoeuropea de los campos de urnas, o la cultura de los campos de túmulos. Como se sabe, los celtas se fueron desplazando desde la Selva Negra alemana, su lugar natal, por todo occidente, y como portadores de una industria plena del hierro, desplazaron a los moradores de la Europa central indoeuropea, los cuales entraron en la península ibérica por los pasos oriental y occidental del pirineo trayendo inicialmente sus espadas de bronce, juguetes de niño ante las espadas de hierro con las que los celtas se extendieron, y que les obligaron a emigrar. La península fue el último bastión o reducto donde pudieron encontrar refugio las tribus desplazadas de habla indoeuropea no céltica. La misma forma de las cabañas de piedra de los castros europeos podría atestiguar esto. Las del resto de Europa central son de base rectangular pero en el norte peninsular se mezclan con las de base circular propias de la península. Por otra parte, el desplazamiento de tribus o naciones de lengua indoeuropea anterior a las penetraciones celtas -y debidas a estas- está constatado por la lingüística, la toponimia, la arqueología, etc., pero también por la historia, pues por ejemplo los autores clásicos dejaron constancia de los territorios cambiantes de la nación ligur, originaria del noroeste de la península itálica, que luego quedó como territorio galo.

Todo esto es historia y arqueología constatadas, pero hay un dato que me resulta muy curioso, y que pasa por las páginas de los historiadores sin el peso que ha de dársele. Y es el de que existieron tribus primitivas sin casta sacerdotal o sin individuos con función de sacerdotes. Lo digo porque los clásicos dejaron constancia de que los alanos, una tribu indoeuropea original del cáucaso, poseían religión (¡cómo no!), pero no sacerdotes, y tampoco mentenían la institución de la esclavitud, tan antigua y extendida en la antigüedad que hasta la revolución del racionalismo en Europa se consideraba innata al hombre y universal.

Sin embargo, la idea de deidad central, que es tanto como la de un creador que se manifiesta en la naturaleza bajo mútiples formas, y que así expresada parece propia de la religión celta, también está en la península ibérica, pero oculta, esperando la investigación y la comprensión. En efecto, fue Estrabón el que dijo que todas las naciones del norte hispano, que para él eran galaicos, astures, cántabros, vascones, celtíberos y las naciones celtas que habitaban entre los vascones y los cántabros -que ahora no recuerdo-, adoraban danzando en las noches de plenilunio y hasta el amanecer a un dios innombrable alrededor de sus casas o de sus fuegos -no recuerdo-. Curiosamente la Danza Prima asturiana, originaria de Llanes (concejo asturiano que caía en la zona de los cántabros), es una danza que, según investigaciones de Constantino Cabal -¿o era Fermín Canella?-, inicialmente se danzaba también en las noches de luna llena y que, como todo el mundo sabe, se baila en corro, es decir, formando un círculo, el cual se abre y se cierra a la vez por todos los bailantes -según recuerdo de mi infancia-, pero que también puede cerrarse por una parte del corro, imitando la transformación lunar o fases lunares.

Este politeísmo de la Hispania prerromana junto con esta interesante creencia religiosa para mí de naturaleza tabú, es decir, un monoteísmo tabú, un énfasis religioso puesto en el creador, es una hipótesis propia -espero- que enraiga con hipótesis ya lanzadas que leí en el pasado. Mi idea sería que en Hispania se adoraba a la manera celta (monoteísmo junto con politeísmo, la Fuente con sus múltiples rostros, como dice el libro) pero sin clase sacerdotal, es decir, a la manera de los alanos: viviendo la religión sin intermediarios, tal como se da a entender en El último soldurio de Javier Lorenzo respecto a los cántabros. Sería para mí una manera libertaria, si se me permite la analogía con lo más moderno que, aunque parezca contradictoria no lo es, tan sólo es paradójica. A mí me gusta pensar que sería así.

Y dejando ya la fuente y la pauta y las especulaciones de este medio tonto, que no sigue su propia pauta más que de vez en cuando (cuando conecta con la fuente), voy a pasar a la idea de norma, que también se expresa en El Druida. Prometo extenderme menos.

Cuando Ainvar expresa mejor la idea de “norma” es cuando narra la descripción que hace su amigo Tarvos, de profesión guerrero, de sus propios pensamientos, sentimientos y emociones durante una batalla, una concreta que libraron en el libro los guerreros de la tribu de los carnutos contra los de la tribu hermana de los senones -o de los eduos, no recuerdo bien-. Como buen guerrero que es, es decir como persona dada a la acción y no al pensamiento o la reflexión, Tarvos lo expresa de manera rápida y sencilla, pero también muy inteligente: dice que la batalla es ruido. Sólo ruido.

Ainvar, que como aprendiz de druida, como filósofo de la vida -los druidas no son simples sacerdotes, son también filósofos, jueces, maestros, etc.-, se pregunta por todo y ha de comprenderlo todo -o, en su defecto, lo máximo posible (o, en su defecto, lo mejor posible)-, le interroga a su maestro Menua por lo que Tarvos el guerero le ha descrito.

Menua le dice que es natural. La Fuente se expresa de muchas formas distintas, se la puede ver mostrándose en la naturaleza y en los acontecimientos de los hombres y cada hombre la percibe de manera distinta, acorde con su pauta. A un guerrero se le muestra según su pauta de guerrero, y a Tarvos le llama la atención el ruido de la batalla y la ausencia de pensamiento propia del éxtasis emocional y comunal del guerrero que mata a los enemigos. Serían emociones cercanas a las que experimentamos en el éxtasis rítmico de un concierto de rock cuando, en vez de ser guerreros somos fans del rock o del metal, y seguimos la pauta del rock, y entramos en conexión con la fuente de todas las cosas (Jimi Hendrix, por supuesto) siguiendo los ritmos de la guitarra, acoplándonos al estribillo. Menua le dice a Ainvar que las palabras de Tarvos son normales y comprensibles, pues “el ruido es sonido, el sonido es estructura, y la estructura es norma”. La norma -añado yo- es la voz de la fuente.

En palabras propias, la norma es la ley de la naturaleza que ha extendido el creador en su creación, y que todos los seres creados y todas las cosas creadas siguen obedientemente cuando se ajustan a su pauta propia -pues no pueden desobedecer la ley natural, que todo lo abarca. Si se desajustan, la cumplen igualmente, pues no se puede desobedecer la ley de la creación: un planeta o un átomo no puede desobedecer las leyes de la física, un hombre no puede saltarse las leyes del hombre o las de Darwin; el hombre que pasa por encima de sí mismo, o que se ignora a sí mismo, lo único que consigue entonces es hacerse daño y hacérselo a los demás, lo sepa o no. La libertad es para mí obedecer las leyes de la naturaleza, seguir el orden natural de las cosas -como se diría un anarquista-, ajustarse a la verdad -como diría un filósofo- o, como diría un devoto, obedecer a Dios.

Un bonito párrafo que sintetiza la creencia personal de un libertario religioso, un paradijma de la época trans-moderna que empezamos a vivir, querramos o no; aunque no es tan extraño si tenemos en cuenta que el asturianu que escribe este blog está un poco “lloco”, como podéis comprobar todos vosotros.

Y todo esto y mucho más, viene en el libro El druida de Morgan Lywelyn.

Sinopsis promocional: Ainvar es un jovencito devoto y temeroso de los druidas. Una noche los sigue escondido mientras se dirigen en procesión a través del bosque sagrado de los carnutos, dispuestos a ejecutar un antiguo y prohibido ritual para traer de nuevo el calor de la primavera a un invierno que se ha cebado con los galos y que se alarga y se alarga, trallendo hambre, muertes y dolor. Pero el sacrificio que van a ofrecer a los dioses es tan inesperado y desgarrador para el joven Ainvar, Ainvar el niño, que la sangre vertida sobre la piedra cambiará para siempre su vida. De esta manera Morgan Lywelyn nos acerca a La Guerra de las Galias, a Julio César, a Roma, a la República que conquistó el mundo, al mundo de la ambición y de la intriga, y también al mundo del sacrificio más devoto y doloroso, al del sacrificio humano, a la manera primitiva de entender el mundo, la vida y el hombre, a la cultura celta y a la pauta propia y peculiar de un pueblo que ambaba la tierra y la naturaleza, la guerra y las disputas, la especulación filosófica y el respeto a la libertad del individuo y a la fortaleza de su pensamiento creador y propio. El druida nos acerca a los celtas que Julio César y Roma aniquilaron para siempre, o…, no del todo.

Abril 8, 2007

El último soldurio (2005) Javier Lorenzo

Archivado en: Cine, Democracia, Filosofía, Guerra, Lecturas, Libertad — by elasturianu @ 2:01 pm

Se trata de una excelente novela sobre la conquista por Roma de los territorios astures y cántabros, pero también de los territorios galos, númidas y de la guerra civil y el ascenso y caída de Julio César.

Siempre me resultó difícil comentar novelas largas, donde no hay una sola historia sino muchas, o donde un personaje pasa por un arco de transformación muy dilatado en el tiempo. A mí que me gusta reducir las cosas a su mínima expresión para comprenderlas, siempre me cuesta comprender de qué trata una novela de este tipo, donde se biografía a un personaje durante toda su vida, o a una familia a lo largo de los siglos, como hizo Edward Rutherfurd en Rusos. El último soldurio habla de muchas cosas, pero el mismo autor reconoce que la novela es un homenaje a la lucha de los cántabros, una lucha ya olvidada pero que se merece recordar y homenajear. Linto, su personaje y narrador, es un cántabro que se encuentra con el final de su cultura, en el final de un tiempo.

Aunque primero quiero advertir a aquellos que, como yo, nos gusta la épica pero detestamos las novelas o películas que sólo tienen épica y nada más que épica (como es el caso de El señor de los anillos en su última versión cinematográfica). No, no es una concatenación de gestas épicas aburridas donde se salvan personas o se luchan por valores como la libertad. Todo lo contrario.

Para empezar los personajes son tal como serían los hombres de su tiempo, ese tiempo donde no existía el concepto de derechos humanos. Es cierto que hoy tampoco se respetan los derechos fundamentales, pero cuando Bush quiere petróleo argumenta sobre la seguridad, la libertad y los valores democráticos. En cambio, cuando gentes como Augusto, quienes sabían que los historiadores futuros les leerían, quisieron oro, plata o hierro, no le importó admitirlo y relatar cómo mataron a centenares de miles personas, les cortaban las manos o les sacaban los ojos.

Es cierto, no hay concesiones al idealismo: los cántabros que luego lucharán por su tierra y sus vidas contra Roma, antes matan para ella, aniquilan tribus enteras de galos o germanos, esclavizan a sus mujeres o las violan. Definitivamente, Linto, el protagonista que relata su propia historia, no se idealiza a sí mismo, ni pretende hablar para lectores del siglo veinte o veintiuno.

Además Linto no habla tanto de las batallitas como de los abrazos y las bofetadas que la vida le da. Por ejemplo pasa por la muerte de sus seres más queridos, o por las tragedias provocadas por los caprichos de mujeres malvadas o simples. La vida pone a prueba el material del que está hecho. Vemos cómo se convierte en un hombre, pero también como pierde su fe o como cambia de bando según le convenga a él o a su pueblo.

Linto es el personaje de un ocaso y de una despedida definitiva Con él finaliza la cultura de los cántabros, un modo celta de entender la vida, la posesión de las tierras o las relaciones entre las personas, tal vez utilitario en algunas cosas, pero nada que ver con la visión posesiva que los romanos iniciaron para nosotros.

Bueno, el caso es que cuando ya iba finalizando la novela y estaba pensando, como digo, en que lo mejor no era la épica sino lo humano, el final me sorprende dando dos giros inesperados y de absoluta complejidad y reflexión. El final es sin duda lo mejor, un final épico que invita a pensar hasta dónde merece la pena luchar, si lo mejor para tu gente es aceptar lo inevitable y buscar la supervivencia, y a partir de dónde no se debe claudicar y merece la pena morir y desaparecer incluso de la historia.

Porque esta es la reflexión, o mi reflexión personal: ¿de verdad astures y cántabros desaparecieron para siempre? Tal vez haya cosas que no desaparezcan nunca aunque desaparezcan las personas, sus recuerdos y sus libros. La necesidad de la justicia, o el anhelo de libertad, ambos corolarios del orden natural de la vida, quizás no son tan acuciantes y exigentes como el deseo de vivir o de comer, pero sí tan permanentes y tan latentes. Porque no veo tanta diferencia entre la lucha de hace dos mil años en estas tierras o la de hace algunas décadas, en aquella de los años 34 y 36, también en estas tierras, y en otras como la de Chiapas. Como dijo una anarquista en un documental sobre la guerra civil española, aunque la gente no lo entienda, explica, ellos estaban dispuestos no sólo a morir, también a matar por sus ideas. Esta dramática frase que seguro todos entenderéis retorcidamente, es sin embargo plasmada en esta novela, donde Linto o Corocotta vive sus últimos años para matar y para morir.

Por cierto que la novela no explica quién es históricamente Corocotta. Cuando Augusto quiso ganar prestigio ante el pueblo romano tras ser proclamado emperador, se decidió a conquistar personalmente, como buen guerrero romano, a los últimos territorios libres de Hispania, los de los astures y los cántabros. Sin embargo, le resultó mucho más difícil de lo esperado y hasta enfermó, retirándose a Tarraco, continuando y finalizando la conquista su pariente Agripa. Si no recuerdo mal, les llevó diez años conquistar a los astures, y otros diez a los cántabros.

Existió un libro exclusivo sobre las guerras cántabras que desapareció, ¡maldita sea!. También desapareció la autobiografía de Octavio Augusto. Pero una de las pocas cosas que sobrevivieron es el siguiente relato real sobre Corocotta. Para los romanos éste fue un bandido cántabro que sin embargo tuvo mucho poder o influencia entre su pueblo, por lo que se piensa que fue un jefe guerrero, demonizado por los romanos. Puesto que les causaba importantes contratiempos a las diez legiones romanas que trataban de conquistar Cantabria, Augusto puso precio a su cabeza. El mismo Corocotta fue a pedir ese dinero entregandose libremente él mismo, lo que los historiadores españoles interpretan como un acto de osado y temerario valor, aunque seguramente muchos pensarán que hubo de ser un loco. Augusto, asombrado y admirado, finalmente le dejó irse.

Marzo 31, 2007

Apocalypse Now (1979) Francis Ford Coppola

Archivado en: 11 de Septiembre, Cine, Guerra — by elasturianu @ 7:01 pm

Mítica cinta en la que un joven Martin Sheen se interna en la selva vietnamita para matar a un Marlon Brando a quien su propia conciencia le atormenta porque la guerra le ha convertido en un genocida.

Lo que me interesa de esta película no es la película en sí, por más que en su momento me alucinara. Coppola reescribía continuamente el guión durante el mismo rodaje, y su coautor John Millius llego a decir que no le gustó el resultado final porque la película era un alegato contra la guerra y estar contra la guerra es como estar contra la lluvia. Bonita alegoría: no se puede hacer nada para que de vez en cuando llueva, y siempre llueve igual (menos en Asturias, donde tenemos muchas formas de llover y muchas formas también de soportarlo).

La guerra es más vieja que el oficio más viejo del mundo, y seguramente tanto como el primer animal de la evolución. La supervivencia es la razón biológica de que halla guerras. Todos los animales compiten o pelean contra otros, normalmente de su misma especie, para conseguir más territorio. Territorio significa recursos, por ejemplo: más alimento, más caza o más hembras con las que procrear. Por lo tanto John Millius tenía razón, y yo opino además que ser totalmente antibelicistas y buenos (ser tan cristianos como Cristo) es pecar de ingenuos, es como andar sobre una nube.

Por ejemplo se invadió Irak para conseguir petróleo, y Afganistán para permitir que las empresas europeas construyan el gaseoducto al que se opusieron los talibanes antes del 11 de septiembre (antes de esta fecha Washington ya les advirtió y les sentenció). Este gaseoducto traerá gas y supongo petróleo también desde las repúblicas ex-soviéticas, y me imagino que sus diferentes trayectos previstos son motivo de muchos de los conflictos territoriales que asolan el Cáucaso y esas zonas.

También hay guerras por motivos pasionales, el más común el religioso: las cruzadas o la expansión del islam, por ejemplo. Pero la historia nos enseña que también en estas guerras los motivos de la nobleza (no confundir con los nobles) fueron casi siempre y en primer lugar los de conquistar nuevas tierras. Este es el caso de la reconquista en España, la cruzada contra los cátaros o la expansión del Islam. Tampoco se suele pensar el que una religión es un poderoso símbolo aglutinante por el que una comunidad se une, se sostiene, se consolida o se expande si puede, y así quienes la integran consiguen más recursos para sobrevivir en mejores condiciones.

En la antigüedad nuestros queridos celtas (¿una moda más?) basaron su éxito cultural en la guerra, no en vano fueron ellos los que expandieron la industria del hierro por Europa. Algo parecido a Roma, solo que ellos no fundaron ningún estado, ni parece que hallan celtizado a la fuerza. Los protoceltas se expandieron sobre el 1.200 a.C para escapar de un tiempo de inundaciones, y luego los celtas de la cultura de Le Tene lo hicieron sobre el 400 a.C. porque zonas como la Galia estaban masificadas dado el éxito que tenían como productores agrícolas. Celtas como los astures y los cántabros aseguraban la supervivencia en los inviernos gracias al saqueo de grano en los territorios de las tribus agrícolas vecinas.

Sería fantástico que el hombre fuera bueno del todo, pero no lo es. Dudo incluso que tal utopía pastoril me gustase, porque la vida vegetativa anula la personalidad del animal que somos. Uno poco de acción y de riesgo saca brillo a las neuronas, que se atrofian si no se les da la funcionalidad para las que la naturaleza les diseñó.

Sobre la guerra, los científicos argumentan que en nuestro pasado evolutivo la territorialidad y la guerra nos permitió sobrevivir a expensas de los que no lo hicieron. Supongo que deberíamos alegrarnos. Contra la guerra, que ya no es necesaria. Tantos siglos y milenios de evolución social y tecnológica permiten diseñar soluciones técnicas y llegar a acuerdos comerciales con los que todas las partes pueden salir beneficiadas y ninguna excesivamente disgustada. Por fin la evolución social puede llevarnos a una mínima hermandad del hombre.

Por eso pocas o ninguna de las guerras actuales pueden justificarse. La guerra en Irak podría haberse evitado si hubiéramos comprado petróleo a los iraquíes, tal y como compramos manzanas en la tienda de abajo. Si no se hizo así es quizás porque el clan Bush del petróleo y todos los grandes millonarios están enfermos y poseídos por la codicia. Lo quieren todo gratis y sin que les importen las consecuencias, estas no les alcanzarán a ellos, bien alejados y protegidos como están.

Los mayores beneficiados de los recursos extraídos a la fuerza en los conflictos bélicos actuales son los magnates. A la par que ellos, las familias de los militares a sueldo o los niños soldados lo son en mayor o menor medida. Sin embargo, el grueso de la población o sale perjudicada tarde o temprano debido a las imprevisibles consecuencias de la complejidad social y económica y, nunca se piensa, a la carga moral que se acumula en nuestro inconsciente colectivo. En ningún caso sale beneficiada una comunidad en su totalidad, y siempre salen perjudicados dentro de esta comunidad más unos que otros. Se nota que sigue latente el viejo cáncer de las clases sociales.

Al márgen de todo esto está la extraña guerra de la OTAN contra Serbia a raíz de Kosovo. Creo que estos territorios eslavos sirvieron de conejillo de indias, a ver cómo reaccionaba la opinión pública occidental. Con la OTAN victoriosa, hubo una reunión internacional, creo que de la misma OTAN y no de la ONU, en la que la Alianza Atlántica dictaminó ella misma que podría intervenir militarmente en cualquier zona del hemisferio norte, y en el hemisferio sur en casos extremos. Es decir, se nos preparó para un nuevo cuerpo policial represor o agresor según el caso, la policía del planeta.

Sólo habría una guerra en la que yo habría muerto y habría matado voluntariamente y sin remordimiento, si es que matar es tan fácil como dicen y como parece, en un momento dado que es aquel en el que tu supervivencia está en juego. Este momento hubiera sido el del alzamiento fascista en España. No fue tanto una guerra entre hermanos, que por supuesto lo fue, sino más bien una guerra entre clases, la de una clase que tenía miedo de perder sus privilegios ante la clase obrera, que reclamaba justicia. La justicia para el movimiento obrero no era la quema de iglesias o el fusilamiento de curas y fascistas, cosas que habría pensar en evitar para la siguiente vez pero que hay que contar con ellas, pues es la guerra y si no que se lo pregunten a Marlon Brando en esta película. La justicia reclamada hubiera estado en cosas como el reparto de tierras a los campesinos (que la misma segunda república puso sangriento empeño en impedir en momentos como el de Casas Viejas). Ante una clase obrera pujante y organizada, los codiciosos y poderosos no quisieron perder sus haciendas y negocios en favor del bien común, del que ellos no quedan excluídos. La guerra civil española fue una guerra de defensa, y en caso de defensa propia, me río yo de poner la otra mejilla.

Marzo 11, 2007

Idealismo versus apatía

Archivado en: Democracia, Educación, Filosofía, Guerra, Sociedad, Uncategorized — by elasturianu @ 6:07 pm

La complejidad de nuestra sociedad es tal que rápidamente nos desanimamos y pensamos que los actos personales o colectivos caen en el olvido o el fracaso. Nos sentimos como números, manejables por un computador social. Si a esta falta de moral, un estado de desilusión, le añadimos la comodidad y las pocas ganas que tenemos de complicarnos la vida con la autoridad o con nuestros vecinos, obtenemos una apatía social e individual que ya quisiera cualquier dictadura.

Pero son muchas fuerzas las que actúan en nuestro interior, y si una nos dirige hacia un lugar y está equivocada, el inconsciente acciona otra para dirigirnos hacia otro lugar. Esto quiere decir que la apatía social o la conformidad política no son perpetuas y nuestro sistema pseudodemocrático, garante político del capitalismo, lo sabe.

Por eso hace unos días me abordó una chica por la calle para que apadrinara un niño. ¡Yo que no tengo hijos y que los deseo tanto, he de apadrinar un niño que no conozco para sentirme mejor: no sería cabal!. La chica era tan bonita, que no me hubiera importado tener un par de sanos y hermosos gemelos allí mismo con ella. Lo absurdo de todo esto hizo que tuviera que emplear innumerables calorías para mantener la cabeza fría.

Claro que según ella iba a ayudar a una criatura necesitada, que no tiene dinero para comer o ir a la escuela. Y si no quisiera conocer al niño, podría hacerlo bajo el requisito del anonimato, es decir no tanto por mi parte como por la suya. Para colmo de los colmos, para intentar convencerme la chica me dijo que su ONG estaba dentro de la ONU. Si no hubiera estado tan serio (es decir tan tonto) le hubiera contado alguno de los siguientes chistes (bueno, el primero no es chiste sino un hecho real):

- Iba yo por la cera junto al Carrefur y reparo por primera vez en muchos años en que hay banderas a la entrada. La primera es la de Gijón, con su bonito escudo de Pelayo. Muy bien, me dije. La segunda la de Asturias, con su bonito color azul y su bonita cruz. Fantástico, porque ya me empezaba a salir mi corazonzito patriota. Luego le seguía la bandera de España. Bueno, bien, aunque mi corazón se desinchó un poquito. La siguiente fue, como no, la bandera europea, que mi corazón aceptó más debido a mi pasión por la historia que a mis vínculos políticos o económicos con los magnates del continente. Pero mis expectativas aumentaban, porque con la siguiente bandera me iba a sentir ciudadano del mundo, un ser humano internacional sin más patria que la humanidad, un buen anarquista. Claro está que mis espectativas eran encontrar la bandera de la ONU, pero no: me encontré la bandera de Carrefour.

Es que no hay nada más internacional que el consumo en un mundo capitalista

- (Esto ya sí es un chiste): Las cuatro preguntas fundamentales que atormentan al hombre moderno: quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, y para qué sirve la ONU.

La verdad es que sirve para poco. Claro que si tenemos en cuenta el Fondo Monetario Internacional y el Banco Munidal, yo diría que sirve para empobrecer a los pobres y enriquecer a los ricos.

Pues para esto sirven también las ONGs que dentro de la ONU y fuera intentan poner parches en países que podrían tener seguridad social, asistencia sanitaria y educación universitaria si no les vendiéramos armas, no les quitásemos sus materias primas ni les vendiésemos caros sus productos manufacturados (ni pusiéramos aranceles a la exportación de sus productos, lo cual quiere decir que los menos interesados en que el mercado sea libre son los políticos del libre mercado).

Nuestra conciencia estaría tranquila si en vez de dar dinero que muchas veces no llega (sociedad de la picaresca, o sociedad del timo institucionalizado) peleásemos por que nuestros gobiernos les dejaran en paz, y porque las políticas monetarias de privatización de lo público y de aranceles tecnológicos (esos por los que un país subdesarrollado no puede crear su propio sistema de red telefónica, sino que ha de contratarlo a una empresa como Motorola, y ésta mantiene la propiedad de los conocimientos técnicos) desaparecieran en esos países, para que así pudieran levantar cabeza y no necesitasen un pozo subvencionado o un caritativo hospital.

Todo esto venía para decir qué complicado es el mundo y qué pequeñitos nos sentimos, qué faltos de peso específico parecen nuestros actos. Pero este es un estado mental propio de quien ha decidido no actuar y, como ser sujeto a unos límites que lo encierran en su hábitat social, no puede ver más allá (imaginación atrofiada).

Todo este mundo de la democracia y los derechos sociales se lo debemos a un solo hombre, Rousseau, quien con el Contrato Social influyó en los norteamericanos que concretizaron la declaración de derechos del hombre y las leyes norteamericanas, modelo para la posterior revolución francesa y democracias subsiguientes.

Toda la política social como la educación pública, la seguridad social, la asistencia médica gratuíta, los derechos sindicales y las mejoras en la calidad del trabajo ejercido por el obrero se le debe a innumerables peronas anónimas que lucharon por cosas concretas como la jornada de diez horas, luego la de ocho, y tantas y tantas luchas obreras. El estado (administrado por los vencedores, claro) no hizo más que canalizar esas luchas concediendo y administrando lo solicitado por el pueblo, de tal manera que se amortiguó la virulencia de la lucha obrera. Ahora mismo estamos perdiendo todos esos derechos porque el pueblo no se organiza sindicalmente y no lucha.

Lo más importante, decía uno, es que no nos quiten la moral. Y quien tiene imaginación puede idear nuevas luchas para las nuevas necesidades de nuestro momento, como es la inminencia del desastre medioambiental. Eh, ¿hay alguien ahí? ¡Ginés, pásate por un cibercafé y propón esa gran idea que tenías para cambiar el mundo, que no por medir un metro sesenta eres pequeñito, leches!.

Febrero 24, 2007

París, bajos fondos (1952) de Jacques Becker

Archivado en: Cine, Guerra, Pena de muerte, Terrorismo — by elasturianu @ 7:57 pm

Una historia de amistad verdadera, pero sobre todo una historia de amor, de un amor instantáneo, que los bajos fondos de París convierten en tragedia. Contiene unos impresionantes primeros planos de actores tan cinematográficamente bellos como Simone Signoret (Marie) y Serge Reggiani (Raymond), que por si solos enamoran al espectador.

Sin nada que perder, Raymond decide ejecutar una justa venganza. La historia y el aspecto que el protagonista tiene de romántico y de anarquista (en el sentido peyorativo y lamentable que se nos ha dado, de asesinos de bomba o pistola) me obliga a pensar sobre esa ambivalencia humana que sustenta la pena de muerte: unos asesinatos no valen, pero otros sí.

Me niego a que legislen a favor de la ejecución máxima, pero no por respeto a la vida, la cual no considero sagrada. Todos matamos para comer, y todos mataríamos si fuera cuestión de sobrevivir, incluso a nuestros semejantes. La civilizacion que heredamos ha sobredimensionado los conceptos de vida y de muerte, lo mismo que los del bien y del mal. En eso Jacques Becker los vuelve a colocar en su justo sitio. Pero la historia cotidiana (más que la historia escrita) prueba que en el resto de las circunstancias, quitarle por ley la vida a otro hombre conlleva la normalización de la injusticia fácil, de la ejecución de inocentes por motivos políticos, personales u otros, demasiado mal para tan poco bien.

La narración cinematográfica plasma mejor que otros tipos de narración el componente del arquetipo moral, es decir del instinto moral. Raymond actúa como podría hacerlo un animal en una situación semejante dentro de su mundo: sería una justicia primitiva que un individuo humano en semejantes circunstancias extremas, y no vamos a negarlo para quedar bien, ha de ejecutar para alcanzar algo de paz. la poca que quede. Sin embargo, tal justicia o venganza aplicada al mundo social, incluso bajo el paraguas del debate mediático, se convierte en el argumento fácil y favorito de descerebrados incultos o de políticos corruptos, como algunos bien famosos del país que quiere llevar la paz al resto del mundo.

Suelo meditar mucho sobre la fuerza que tienen las historias de venganza en el cine. Creo que lo simple nos trae lo profundo, y en estas historias tan simplesel cine habla quizás de manera resontante, profunda, un eco de la palabra interior. Se trata de la necesidad que tiene la naturaleza humana, y de toda naturaleza, de volver a un estado de menor alteración, a restaurar lo que se ha roto.

Precisamente ahí es donde falla la pena de muerte. No creo mucho en la capacidad de nuestro sistema democrático de restaurar ánimos personales que sólo la misma persona destrozada puede alcanzar.

Al parecer se puede elegir democráticamente asesinar en Irak, en Afganistán o en otros sitios. Matar desde el aire es para la democracia cualitativamente distinto de matar, como en España, mediante un coche bomba, y no son, como diría el sentido común, dos actos de terror equiparables. Creo que la inocencia o culpabilidad del asesinado, lo mismo que la justicia o la injusticia del acto, nos meten en un callejón sin salida, en una espiral dialéctica que nunca acabará. Los democráticos argumentos de legalidad internacional, prevención o justicia evidencian la hipocresía de valores que tiene este sistema social que todos elegimos (bueno, yo no). Sí, traguémosnolo: la guerra es más democrática que una bomba en Barajas. Cuando hablan de terrorismo, los demócratas deberían de taparse la boca con la mano y agachar la cabeza.

Todos estos demócratas que propugnan la pena de muerte para casos de terrorismo o de asesinato premeditado no piensan en las consecuencias sociales de instaurar el asesinato. Sería complicarse más de lo que ya está de complicado, enredarse en camisas de once baras, volvernos más y más locos, y ya estamos suficientemente locos desde hace muchos cientos de años. Espero que este pensamiento mío sirva para que alguno de pensamiento acelerado y boca ultrasónica no extraiga de películas tan maravillosas como esta la idea de que la pena de muerte es justa.

Febrero 22, 2007

Morala y Carnero, condenados a tres años de prisión

Archivado en: Democracia, Guerra, Libertad, Noticias y difusión libertaria — by elasturianu @ 7:40 pm

Los dos viejos y conocidos sindicalistas de Gijón van a ser condenados a prisión por desperfectos en el mobiliario urbano. No importan las contradicciones y dudas de los testigos policiales, ni la declaración honesta de los sindicalistas, que siempre han participado en este tipo de actos obreros en los que se presiona a las autoridades competentes para defender unos puestos de trabajo cada vez más escasos. No hay nada probado, pero no importa porque el motivo del ayuntamiento es amedrentar al movimiento obrero.

Mientras que estos hombres supuestamente atacan objetos, a los soldados que atacan a personas se les paga un bonito sueldo en Irak o Afganistán y encima son héroes porque están ayudando al nacimiento de la democracia y la libertad en unos países bárbaros, y por supuesto que nadie piense que ayudan a extraer petróleo o construir gaseoductos en condiciones de seguridad. Unos son poco menos que terroristas en los medios de comunicación, y otros son los héroes españoles o americanos, los que van a crear un nuevo mundo de justicia y paz. ¿Si no la hay en Gijón, puede haberla en Afganistán?

Enero 26, 2007

Memorias del General Escobar (1984) José Luis Madrid

Archivado en: Cine, Democracia, Guerra — by elasturianu @ 10:26 pm

Se trata de una película quizás no muy destacada, pero sí loable por rescatar la memoria y la historia de un guardia civil que fue leal a la República. Escobar eran un hombre de convicciones, y su juramento pesaba más que el drama de aquellos días. Cumplió siempre con su deber militar y trató de salvar vidas en unos momentos en que el alboroto popular se mezclaba con los hombres honrados del anarcosindicalismo, a quien Escobar apreciaba sin compartir sus métodos.

Lo más interesante de la película y del pensamiento de Escobar, lo que da pie al debate, es su visión de lo que sería la guerra civil española: una guerra entre hermanos. Es un punto de vista que está muy de moda porque la democracia trata de presentarse como sucesora de la república pero es al vez continuadora testamental del franquismo.

Yo considero que cualquier guerra es una guerra entre hermanos: tanto las facciones de una misma nación como las naciones distintas están compuestas por personas (este mismo pensamiento lo aplico a otros temas como el de la inmigración y las preferencias). No está claro tampoco cuáles dejan más dolor, porque al dolor muchas veces no le gusta ser comparado, aunque siempre está presente el rencor de las familias desgarradas. Tampoco tengo claro que una guerra civil perdure más tiempo en la memoria colectiva de su pueblo. Los norteamericanos no se miran con odio entre sí, y al paso que vamos esta España inculta, cuya alma está en el segundo coche y en Operación Triunfo, olvidará pronto a sus abuelos (con la inestimable ayuda del revisionismo demócrata, que busca la reconciliación tanto para olvidar el pasado como para hacer negocios libremente). ¿Es bueno que España olvide la lucha obrera?.

La visión democrática sobre la guerra civil es una visión desviada. No se pregunta por las causas de la guerra, no si pudo ser evitada o no. España era antes de 1936 un país donde las organizaciones obreras llevaban muchos lustros ya luchando por conquistar derechos, es decir por la justicia social. Era además un país de analfabetos que las mismas organizaciones obreras habían escolarizado y, si no eran ilustrados aún, sí eran tan inteligentes como humildes. Era un país de idealistas, de románticos, algo inpensable en nuestros tiempos, gente que estaba dispuesta a morir por sus ideas, a las que la tortura o la carcel no les desmoralizaban. ¿Conocemos a personas así hoy?

La derecha española, como cualquier derecha, no era sólo una línea política y militar. Eran y son también empresarios y banqueros, aquellos que se beneficiaban de la extrema explotación de los trabajadores. También eran policías y guardias civiles, que ejecutaban a pistola a los líderes sindicales en la calle, cosa que se olvida cuando se habla del hecho inverso, una revancha detestable pero: ¿pudo ser de otra manera?. La élite de los privilegios estaba alarmada por tantas huelgas que les restaban beneficios, y mucho más: por verdaderos intentos del pueblo, como en 1934, de unirse y conducir para siempre sus vidas. No olvidemos que en el 34 en Asturias, a los empresarios de las fábricas se les obligó a trabajar.

La guerra civil no fue tanto una guerra entre hermanos como una guerra entre clases, la expresión final de la lucha de clases que no debería de llegar nunca, pero que llega cuando los pocos quieren seguir explotando a los muchos, y no piensan ceder ni un ápice. No pudo ser de otra manera. Le concedo a esta película loabilidad por rescatar un personaje histórico y olvidado, que no debió ser el único, y sentir como él. La moralidad de Escobar en un ejemplo deseable. Pero la visión que da de España y de su guerra es incompleta, y como tal puede dar lugar a dudas. Por ejemplo, me gustaría saber qué hicieron Escobar o personajes como él en el 34, cuando ser leal a la República de la extrema derecha significaba estar en contra del cambio y por la permanencia de los privilegios. En aquel año la izquierda revolucionaria no mató a nadie por sus ideas sino todo lo contrario, y la derecha vencedora no fusiló a ningún militar derechista porque ninguno se unió a los sublevados. ¿Es, por tanto, la lealtad a un juramento más importante que la lealtad a la idea de justicia social, o su rechazo?.

Recomiendo esta película para debatir sobre la guerra civil española.

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