Hace más de diez años fue en Elejido, ahora en Alarcón. En aquella ocasión un magrebí, creo recordar, había violado o algo así a una chica del pueblo, y todo este salió a linchar a la colonia de trabajadores magrebíes y, seguramente, pagaron justos por pecadores. Ahora cambia un poco el matiz, pero también es un brote de xenofobia: bandas latinoamericanas de jóvenes frente a los jóvenes españoles. Con buenos y malos, como gusta de ser exhibido en los noticiarios de TV. Un suceso clásico para que la extrema derecha se apunte y sus ideas ganen adeptos. Muchos sin duda argumentanrán que no deja de ser una acción de autodefensa. Sería una bonita simplificación, pero hay que recordar que para estas cosas están la policía y las denuncias, es decir el derecho y la persecución del crímen o del delito. Porque con la otra actitud nos convertimos en clanes de monos airados enfrentándose por la posesión de territorio y de hembras (de recursos en definitiva), en vez de ser seres que ante los problemas responden con una actitud no ya civilizada, lo cual es un tópico, sino que apueste por comprender y por superar los obstáculos, que no sería lo mismo que una actitud proteccionista o conciliadora, como algunos quieren confundirnos, basada en la idea de los pobrecitos de los inmigrantes que están marginados, idea de la que hay que huir porque el delito moral es perseguible allá donde se de.
Voy a transcribir parte de la opinión de Miquel Silvestre, escritor que en la segunda página del periódico La Nueva España, día 3 de febrero del 2007, caracteriza el fondo o al menos parte de él, de los sucesos de Alarcón.
“… Entre los adultos todavía no se ha disparado el conflicto de forma tan evidente porque aún existen demasiadas diferencias económicas y sociales que protegen a los españoles, como un cordón sanitario, de su trato con los inmigrantes. Todavía estamos por encima de nuestros vecinos extranjeros. Ademá, existe ese barniz de hipocresía que da la edad y que nos permite convivir sin decirnos lo que pensamos unos de otros. Pero los jóvenes están todos al mismo nivel. Españoles y extranjeros van a los mismos sitios, comparten el mismo espacio, los mismos barrios y las mismas canchas deportivas. Y ellos no son hipócritas. Su odio se manifiesta tal cual.
La reacción airada de los jóvenes de Alarcón es así fácil de explicar, y se repetirá en otros lugares -si no se está repitiendo ya-. Los chavales han sido mimados hasta el paroxismo de la opulencia desde que nacieron. Son los amos de la sociedad, se les ceba con los más dulces manjares, se hace caso a todos sus caprichos, se toma en cuenta su opinión, se les dispensa de todo esfuerzo, se hacen leyes a su medida e, incluso, se les perdona sus delitos. ¡Si tienen su defensor propio y todo! Pues bien, de pronto a nuestros reyezuelos se les ha llenado el paraíso de unos competidores naturales mucho más duros, mucho más malos, y muchísimo más humillados y hambrientos. A nuestros jóvenes les está pasando lo mismo que al cangrejo de río europeo, que ha sido barrido por el americano.”
No estaré de acuerdo con todo lo que dice, pero en verdad que ha dado en el clavo. Se trata de rivalidad juvenil protagonizada por unos jóvenes españoles acostumbrados a obtener todo lo que quieren (por ejemplo coches de seis velocidades pagados o abalados por papá), que rivalizan por sus chicas con otros más espabilados, como latinoamericanos que son, y tal vez con menos escrúpulos a la hora de dirimir las diferencias con la violencia básica del callejero.
Lo peligroso del suceso y de su mediatización es que se instrumentaliza desde los medios de comunicación. Ya tenemos unos nuevos malos, el clan de los Latin Kings, como teníamos también el de los rumanos, el de los gitanos, etc. Si no tenemos el de los negros es porque sería demasiado evidente la xenofobia y el racismo hispano, pues supuestamente a la opinión pública española le duelen más los caraduras que las caras. Una cosa es que las bandas juveniles existan y acustumbren de la delincuencia, y otra que nos creamos los buenos y los agraviados, los inocentes, y olvidemos que la misma actitud de violencia y delincuencia persiste en los garrulos de pueblo que cogen el mismo palo con el que afustan a las mulas para eliminar sus problemas mentales proyectados en las calles, o en la extrema derecha neonazi, cada vez menos distante del típico y vulgar español (porque hay otra extrema derecha más educada e inteligente, la que por ejemplo se cree con derecho a decir qué familia es sana y correcta y cuál no, pero eso ya… es otra historia).