La sinopsis de esta novela es lo de menos, por eso la dejo para el final. Lo importante es que al leerla he conseguido transformar en palabras algunos conceptos que permanecían aletargados, inmaduros o si quiera no formualdos en mi pensamiento, “en la punta de la lengua”, como se suele decir.
Por ejemplo, la idea de pauta. Llywelyn nos la introduce comparando el movimiento de un erizo con el movimiento o los gestos de Ainvar, que es el protagonista aprendiz de druida y también el propio relator de los acontecimientos, centrados en la Galia que Julio César conquista.
Le explica Menua, su druida instructor, que un erizo tiene sus propios y peculiares movimientos, su propia manera de andar y de actuar, distinta de la de otros animales. De la misma manera, Ainvar posee unos movimientos propios y peculiares como hombre (o muchacho) y también como Ainvar, como el individuo diferenciado que es. Dicho en una sola palabra, el erizo tiene una pauta, y Ainvar tiene otra.
Sin embargo, Ainvar no se ajusta a ellos, es decir, Ainvar es -a esas alturas del relato- un chico patoso. Ainvar no se ajusta a su propia pauta. Y aquí empieza a sonar la campana, por lo menos para mí y para muchas otras personas, estoy seguro, algunas de las cuales quizás ojeen este aburrido blog. La idea de suerte está ligada a la idea de pauta para el druidismo de la novela. Como Menua enseña, la suerte no existe. Se suele decir que una persona no tiene suerte, pero lo que le pasa en el fondo es que no ajusta su pensamiento y su comportamiento a su propia pauta. De la misma manera, de quien sí se comporta tal como le dicta su pauta se suele decir que tiene éxito, o que la suerte le sonríe.
Con esta idea de la pauta, el galo narrador nos introduce en la manera de ser celta, en su cultura, y en la cultura y carácter romanos, que básicamente eran opuestas. El druida es una novela histórica que narra fidedignamente los acontecimientos de la guerra de las galias desde el punto de vista galo, todo un portento intelectual de comprensión, dado que la única versión de los hechos que ha quedado es la del conquistador de los galos, César. ¿Se debe esto a que Llywelyn es irlandesa, y conoce bien el pensamiento celta? No lo sé, no me molesté aún en comprobarlo.
Según el autor y su alter ego el protagonista, Julio César era fiel a su propia pauta, la de un conquistador ambicioso, implacable y sin escrúpulos, poseedor de una voluntad casi sobrehumana. Siendo fiel a la pauta que la naturaleza esculpió en sus genes, César supo explotar con éxito su gran inteligencia y otros dones suyos.
En el bando opuesto, los galos tenían una pauta bien distinta. A medida que se extendían por el mundo, expandían su cultura pero no buscaban una unidad política estatal o regia. Su pauta les disponía al respeto religioso y cultural, y quemaban sus energías en la búsqueda de la verdad y en las disputas tribales que alimentaban la virilidad de sus guerreros. De esta manera, aquel conquistador inteligente y audaz del que hablamos supo explotar ese rasgo de la división política y del enfrentamiento político, muy propio también de tantas otras culturas, por ejemplo la cultura griega o mismante nuestra propia cultura política española, que ancla sus pilares en la profunda división clasista o aristocrática que existe desde la romanización en España.
Un pequeño alto en este discurso para llevarnos a un matiz. Desde el conocimiento que tengo como aficionado de la historia antigua, puedo decir que el autor no solo comprende bien el pensamiento druidesco, el modo de vida celta primitivo, o el alma romana y gala, además parece tener un conocimiento preciso de datos, costumbres y aconteceres. Sin embargo, ¿alguien podría explicarme de donde salió esa teoría de que los belgas eran germanos celtizados?.
Bien, la idea de pauta no es la única idea genial deslizada en estas páginas. Es una idea que emparenta de cerca con otras muy bien expresadas en los conceptos de la norma, o de la fuente. La fuente y la norma son lo que el creador es a las leyes de su propia creación. Vamos a explicar un poco esto.
Los historiadores modernos han contabilizado una cantidad increíble de dioses adorados por los celtas. Creo haber leído tres mil dioses. Me imagino que aquí se habrán computado no solo los dioses citados por los clásicos y archivisibles en la toponimia europea, como son Lug, Taranis, Belennos, etc., también habrán añadido deidades preromanas adoradas en el mundo céltico como Bandua, que se adoró en Hispania y que, sin embargo, es una deidad indoeuropea pre-celta que sobrevivió a la celtización y a la romanización -y que, como curiosidad, nos ha legado la palabra “bandido” (pero no “bándalo”, que viene de la tribu germana de los vándalos).
Sin embargo, los mismos romanos dijeron que los druidas adoraban a un único dios con múltiples formas, y prueba de ello es que celebraban sus ritos en todo lo que plasmase en el alma la visión del centro: un claro rodeado de árboles en un bosque denso, una montaña que dominase el paisaje o una isla, como la isla de Man donde existía en la antigüedad una escuela de druidismo. Esa idea de que los celtas eran politeístas es tan errónea como la idea de que el cristianismo es monoteísta; si esto último fuera cierto, la Iglesia no podría haber impuesto su culto a una población politeísta sin estratagemas como la de crear montones de santos y de vírgenes, seguramente tantas como lugares de culto pagano se encontró.
Tal vez, como dice la novela, los celtas adorasen una única fuente con muchas formas. Tal vez por eso el cristianismo caló con fuerza en Irlanda, porque en el fondo había un monoteísmo en la Céltica que se vestía de muchas formas para los días de fiesta o de sacrificio. Yo creo que el celta vulgar y corriente, no muy instruído pero seguramente no tan tonto como pensaban los cultos y engreídos romanos, adoraba al dios al que más afecto le tenía, o al que correspondiese a su propio totem tribal o personal, de la misma manera que cada polis griega adoraba a su dios o diosa -o “patrón/a” en términos más modernos- y, del contacto de unas polis con otras surge la génesis griega y con ella su politeísmo. Creo que, lo mismo que Homero unificó con sus narraciones en un panteón a todos los dioses de los griegos, los propios de los griegos indoeuropeos como Zeus o Apolo con los pretéritos de la edad de Bronce como Pytón, los druidas unificaban las creencias de su pueblo en un solo dios con múltiples rostros, al que adoraban en el centro de algo como así lo impone la propia naturaleza de fe que se supone ha de darse a un creador, si lo es como es debido. Es decir, creo que los druidas debieron de ser el elemento unificador de la extensa céltica, quizás el único elemento humano consciente, y por eso contaron con la persecución religiosa, la de unos romanos que habitualmente permitían la libertad de culto.
Y aunque esto no son más que las especulaciones de un aficionado curioso, que enseguida finalizo, también creo que el druidismo no se extendió por toda la céltica, pero sí en cambio creencias semejantes. Me baso en que los romanos dejaron constancia escrita de los druidas galos, bretones e irlandeses, pero no hablaron en ningún momento de druidas en Hispania. Sin embargo, los celtas colonizaron directamente o dejaron una impronta permanente, aún rastreable por historiadores, arqueólogos o filólogos, en toda Hispania excepto en las zonas dominadas por los íberos. ¿No tuvieron tiempo los romanos de percatarse de si había o no druidas en la península? ¿Se perdieron todos los escritos al respecto?
Mi opinión es que los celtas se mezclaron más en la península ibérica con culturas anteriores, como son la megalítica y la indoeuropea de los campos de urnas, o la cultura de los campos de túmulos. Como se sabe, los celtas se fueron desplazando desde la Selva Negra alemana, su lugar natal, por todo occidente, y como portadores de una industria plena del hierro, desplazaron a los moradores de la Europa central indoeuropea, los cuales entraron en la península ibérica por los pasos oriental y occidental del pirineo trayendo inicialmente sus espadas de bronce, juguetes de niño ante las espadas de hierro con las que los celtas se extendieron, y que les obligaron a emigrar. La península fue el último bastión o reducto donde pudieron encontrar refugio las tribus desplazadas de habla indoeuropea no céltica. La misma forma de las cabañas de piedra de los castros europeos podría atestiguar esto. Las del resto de Europa central son de base rectangular pero en el norte peninsular se mezclan con las de base circular propias de la península. Por otra parte, el desplazamiento de tribus o naciones de lengua indoeuropea anterior a las penetraciones celtas -y debidas a estas- está constatado por la lingüística, la toponimia, la arqueología, etc., pero también por la historia, pues por ejemplo los autores clásicos dejaron constancia de los territorios cambiantes de la nación ligur, originaria del noroeste de la península itálica, que luego quedó como territorio galo.
Todo esto es historia y arqueología constatadas, pero hay un dato que me resulta muy curioso, y que pasa por las páginas de los historiadores sin el peso que ha de dársele. Y es el de que existieron tribus primitivas sin casta sacerdotal o sin individuos con función de sacerdotes. Lo digo porque los clásicos dejaron constancia de que los alanos, una tribu indoeuropea original del cáucaso, poseían religión (¡cómo no!), pero no sacerdotes, y tampoco mentenían la institución de la esclavitud, tan antigua y extendida en la antigüedad que hasta la revolución del racionalismo en Europa se consideraba innata al hombre y universal.
Sin embargo, la idea de deidad central, que es tanto como la de un creador que se manifiesta en la naturaleza bajo mútiples formas, y que así expresada parece propia de la religión celta, también está en la península ibérica, pero oculta, esperando la investigación y la comprensión. En efecto, fue Estrabón el que dijo que todas las naciones del norte hispano, que para él eran galaicos, astures, cántabros, vascones, celtíberos y las naciones celtas que habitaban entre los vascones y los cántabros -que ahora no recuerdo-, adoraban danzando en las noches de plenilunio y hasta el amanecer a un dios innombrable alrededor de sus casas o de sus fuegos -no recuerdo-. Curiosamente la Danza Prima asturiana, originaria de Llanes (concejo asturiano que caía en la zona de los cántabros), es una danza que, según investigaciones de Constantino Cabal -¿o era Fermín Canella?-, inicialmente se danzaba también en las noches de luna llena y que, como todo el mundo sabe, se baila en corro, es decir, formando un círculo, el cual se abre y se cierra a la vez por todos los bailantes -según recuerdo de mi infancia-, pero que también puede cerrarse por una parte del corro, imitando la transformación lunar o fases lunares.
Este politeísmo de la Hispania prerromana junto con esta interesante creencia religiosa para mí de naturaleza tabú, es decir, un monoteísmo tabú, un énfasis religioso puesto en el creador, es una hipótesis propia -espero- que enraiga con hipótesis ya lanzadas que leí en el pasado. Mi idea sería que en Hispania se adoraba a la manera celta (monoteísmo junto con politeísmo, la Fuente con sus múltiples rostros, como dice el libro) pero sin clase sacerdotal, es decir, a la manera de los alanos: viviendo la religión sin intermediarios, tal como se da a entender en El último soldurio de Javier Lorenzo respecto a los cántabros. Sería para mí una manera libertaria, si se me permite la analogía con lo más moderno que, aunque parezca contradictoria no lo es, tan sólo es paradójica. A mí me gusta pensar que sería así.
Y dejando ya la fuente y la pauta y las especulaciones de este medio tonto, que no sigue su propia pauta más que de vez en cuando (cuando conecta con la fuente), voy a pasar a la idea de norma, que también se expresa en El Druida. Prometo extenderme menos.
Cuando Ainvar expresa mejor la idea de “norma” es cuando narra la descripción que hace su amigo Tarvos, de profesión guerrero, de sus propios pensamientos, sentimientos y emociones durante una batalla, una concreta que libraron en el libro los guerreros de la tribu de los carnutos contra los de la tribu hermana de los senones -o de los eduos, no recuerdo bien-. Como buen guerrero que es, es decir como persona dada a la acción y no al pensamiento o la reflexión, Tarvos lo expresa de manera rápida y sencilla, pero también muy inteligente: dice que la batalla es ruido. Sólo ruido.
Ainvar, que como aprendiz de druida, como filósofo de la vida -los druidas no son simples sacerdotes, son también filósofos, jueces, maestros, etc.-, se pregunta por todo y ha de comprenderlo todo -o, en su defecto, lo máximo posible (o, en su defecto, lo mejor posible)-, le interroga a su maestro Menua por lo que Tarvos el guerero le ha descrito.
Menua le dice que es natural. La Fuente se expresa de muchas formas distintas, se la puede ver mostrándose en la naturaleza y en los acontecimientos de los hombres y cada hombre la percibe de manera distinta, acorde con su pauta. A un guerrero se le muestra según su pauta de guerrero, y a Tarvos le llama la atención el ruido de la batalla y la ausencia de pensamiento propia del éxtasis emocional y comunal del guerrero que mata a los enemigos. Serían emociones cercanas a las que experimentamos en el éxtasis rítmico de un concierto de rock cuando, en vez de ser guerreros somos fans del rock o del metal, y seguimos la pauta del rock, y entramos en conexión con la fuente de todas las cosas (Jimi Hendrix, por supuesto) siguiendo los ritmos de la guitarra, acoplándonos al estribillo. Menua le dice a Ainvar que las palabras de Tarvos son normales y comprensibles, pues “el ruido es sonido, el sonido es estructura, y la estructura es norma”. La norma -añado yo- es la voz de la fuente.
En palabras propias, la norma es la ley de la naturaleza que ha extendido el creador en su creación, y que todos los seres creados y todas las cosas creadas siguen obedientemente cuando se ajustan a su pauta propia -pues no pueden desobedecer la ley natural, que todo lo abarca. Si se desajustan, la cumplen igualmente, pues no se puede desobedecer la ley de la creación: un planeta o un átomo no puede desobedecer las leyes de la física, un hombre no puede saltarse las leyes del hombre o las de Darwin; el hombre que pasa por encima de sí mismo, o que se ignora a sí mismo, lo único que consigue entonces es hacerse daño y hacérselo a los demás, lo sepa o no. La libertad es para mí obedecer las leyes de la naturaleza, seguir el orden natural de las cosas -como se diría un anarquista-, ajustarse a la verdad -como diría un filósofo- o, como diría un devoto, obedecer a Dios.
Un bonito párrafo que sintetiza la creencia personal de un libertario religioso, un paradijma de la época trans-moderna que empezamos a vivir, querramos o no; aunque no es tan extraño si tenemos en cuenta que el asturianu que escribe este blog está un poco “lloco”, como podéis comprobar todos vosotros.
Y todo esto y mucho más, viene en el libro El druida de Morgan Lywelyn.
Sinopsis promocional: Ainvar es un jovencito devoto y temeroso de los druidas. Una noche los sigue escondido mientras se dirigen en procesión a través del bosque sagrado de los carnutos, dispuestos a ejecutar un antiguo y prohibido ritual para traer de nuevo el calor de la primavera a un invierno que se ha cebado con los galos y que se alarga y se alarga, trallendo hambre, muertes y dolor. Pero el sacrificio que van a ofrecer a los dioses es tan inesperado y desgarrador para el joven Ainvar, Ainvar el niño, que la sangre vertida sobre la piedra cambiará para siempre su vida. De esta manera Morgan Lywelyn nos acerca a La Guerra de las Galias, a Julio César, a Roma, a la República que conquistó el mundo, al mundo de la ambición y de la intriga, y también al mundo del sacrificio más devoto y doloroso, al del sacrificio humano, a la manera primitiva de entender el mundo, la vida y el hombre, a la cultura celta y a la pauta propia y peculiar de un pueblo que ambaba la tierra y la naturaleza, la guerra y las disputas, la especulación filosófica y el respeto a la libertad del individuo y a la fortaleza de su pensamiento creador y propio. El druida nos acerca a los celtas que Julio César y Roma aniquilaron para siempre, o…, no del todo.