Bitácora de Josini, un asturianu ciudadanu del mundu

noviembre 27, 2011

Middlesex (2002) de Jeffrey Eugenides

Archivado en: Ciencia,Cine,Cultura,Filosofía,Historia,Inmigración,Lecturas,Libertad — by elasturianu @ 10:31 pm

Tengo una deuda con este libro y con su autor. Durante los años que ha durado su lectura, tres o cuatro desde que una amiga me lo dejara -con la promesa de que me iba a gustar-, la he aparcado una y otra vez, sustituyéndola por la de cualquier otra novela que me proporcionase más intriga. La falta de tensión del tramo central de esta novela de más de 600 páginas es su único defecto. Pero, ya pasada la mitad, a medida que el protagonista llega a la adolescencia, la tensión que su cuerpo físico y sus deseos le hacen padecer la colocan en escenas a veces dignas de una buena novela de aventuras. Las 100 primeras páginas las disfruté y las 300 ó 400 siguientes me divertían y me aburrían a partes iguales. Las 100 ó 200 últimas,  intrigado y enternecido, las he recorrido en menos de quince días -soy lento-. Finalicé hoy mismo la lectura con la pena de que no durase otros cientos de páginas más.

Calíope nace niña, pero… Buscad si quereis en la wikipedia información sobre el movimiento a favor de la intersexualidad, esas personas hermafroditas de las que no se habla porque es un tabú superior al de la vida real de la real casa española. A mí no me produce morbo sino indignación, porque quienes participan de ambos sexos se encuentran con la exclusión social y familiar. Ya había leído la historia de la monja española del siglo XVII, a la que un médico descubre un pene atrofiado en el interior de su vagina. Sabía de mujeres que parecen tales, pero que nunca tuvieron una menstruación y de las que su análisis cromosomático dice que son hombres. Cuando veía en los documentales cosas relacionadas con éstas, me sentía como pocas veces ligado a la naturaleza -aunque de una manera extraña y políticamente incorrecta-: en los de la 2, he visto asombrado que algunos peces de río y de mar cambian de sexo cuando hay poco alimento, mucha contaminación o en otras circunstancias -normalmente se convierten en hembras-, o que los cocodrilos se vuelven hermafroditas ante el hambre y se fecundan a sí mismos. Parece que a la naturaleza le resultata fácil saltar mil millones de años atrás en la evolución y llevarnos a la época de la ambigüedad en el sexo. Me alegra sentir que el homo sapiens sapiens no es una especie superior, pues participa de las mismas reglas evolutivas del planeta, a pesar de haberse desligado de él.

Hay varias cosas diferentes que en nuestra cultura sabelotodo se mezclan, pero que en cada persona componen una configuración propia que ha de respetarse y de vivirse. Las dos primeras son la disposición genética sexual y la apariencia sexual, que siempre determina una educación sexual elegida por los padres pero no siempre acertada, como veremos ahora.

Primero está la disposición genética o cromosomática: desde el instante de la fecundación, somos o macho o hembra. Este cromosoma XX o XY puede dejar paso a un irregular arranque hormonal en el feto. Entonces, por ejemplo, en un varón genético con cierta intolerancia a las hormonas de su sexo -la ciencia no sabe aún por qué ocurre- pueden acabarse formando genitales interiores y exteriores no exactamente como los “normales”: tendrá el tercer sexo, formará parte de la tercera humanidad, que todavía no sale en los informativos -pero llegará, llegará-; o simplemente parecerá una mujer por fuera y estará latente y sigiloso el sexo masculino, no desarrollado. La apariencia sexual no acaba aquí su periplo: en la siguiente guerra hormonal de su vida, la adolescencia, la sexo genético no desarrollado lanza ahora sus hormonas propias y se produce de manera natural e incompleta el cambio. Apariencia sexual no es siempre lo mismo que el sexo inicial con el que  nuestros padres nos crean y conforma al cual nos educan.

La antipatía social hacia el tercero de los puntos ha desencadenado muchas manifestaciones desde los años 60 y espero que surgan más aún, hasta llegarse a la normalidad. Se trata de la condición o preferencia sexual: ser homosexualidad, heterosexualidad o bisexualidad.

El cuarto es la identidad sexual: uno puede ser un hombre en el cuerpo de una mujer o viceversa -y esto nos hace volver al punto primero-, que nada tiene que ver con que a esta persona le gusten las mujeres, los hombres, o ambos. Todo esto da lugar a tantas combinaciones y es tan complejo, que no me extrañaría que quienes se sienten del sexo opuesto fueran muchas veces pero no siempre genéticamente de dicho sexo. Por eso, y saltándose el determinismo de la ciencia, ejercicio que se hace en la novela de Eugenides y que le da valor humano en la era Punset, hay que anotar lo más imortante, aquéllo que la cultura occidental ha de respetar y apenas ha comenzado: la decisión personal de cada individuo sobre qué es.

Middlesex mantiene durante todas sus líneas unas constantes que la convierten en una gran novela: una narración cómica de cada hecho acontecido, incluso de los más dramáticos; y una sutil y profunda comprensión del alma femenina que hace verídica esa particular narración en tercera persona, a la que se le va sumando una visión de los peores ejemplares del sexo opuesto, el masculino, lamentable pero objetiva. Además, es una narración en la que se atrapa y se comprende el alma americana, poblada por guetos de inmigrantes en donde algunos a veces ascienden en status, pero que nunca pasan a ser americanos por completo -o sí, si aceptamos que los americanos no se han integrado entre sí del todo-. También podemos aprender noveladamente partes de la historia no contada de los Estados Unidos y de la historia de la Turquía griega, en donde arranca este largo relato.

Mis respetos a Jeffrey Eugenides, creador también de “las vírgenes suicidas”, novela transformada en una película que me gusta mucho.

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