La función más admitida de la literatura de ciencia ficción es la de que es un género encargado de trasladar al futuro o al espacio profundo las preguntas, inquietudes y problemas del hombre actual. Cuando es el hombre universal el que es lanzado al hiperespacio o sumergido en las leyes de la robótica, estamos ante obras maestras como las de Isaac Asimov en la literatura, o Stanley Kubrick en el cine.
Esta es una película menor que responde a esta función básica del género. En ella vemos caricaturizados a personajes que son las tristes directrices del mundo que nos está tocando vivir, como son el capitalista o el presidente estúpido, marioneta ridícula que representa exactamente a dos de los presidentes en los que casi todos pensamos al instante. Es por tanto una cinta con un aceptable contenido social que sin embargo no llega a ser, para nada, peligroso o subversivo. También ironiza sobre las preguntas fundamentales del hombre, restándoles importancia.
Sus diálogos y situaciones son tan ingeniosos como improbables, y el espectador se sienta en el sofá con interés y carcajadas y una cierta admiración por el guionista. Pero conforme nos adentramos en la parte final la aventura hiperespacial pierde fuelle, es decir deja de interesarnos, quedando en pie algún gag estupendo, como el que les sucede a los personajes cuando les da por tener ideas.
Algunos momentos de humor son la lucha de los personajes contra la burocracia estelar, que parece ser algo universal, literalmente hablando, o la decisión interplanetaria de construir una autopista galáctica que pasa directamente por el hogar del protagonista.
Como cinta con cierta crítica social pero que finalmente sólo consigue divertir, acaba siendo la película perfecta para ver juntos los padres y los hijos. Divierte a la vez que despierta cierto espíritu crítico, que nunca está de más iniciarlo bien temprano.