Acabo de salir del cine de ver el Orfanato y he quedado muy contento. Es un modelo de película de terror, y si bien tal vez no sea una obra maestra, sí es una estupenda película que creo que va a ser enviada a competir por España a los Oscars. No sé si habrá sido un error, porque no creo recordar muchos oscars de películas de terror en estos últimos años, claro que perfectamente podría equivocarme.
Los exteriores están rodados en una zona de la costa del concejo de Llanes que visité, llamada creo recordar Bufones, pues el mar se mete por el interior de la costa a causa de las cuevas que ha escavado y en algunos sitios salta en vertical cuando la marea está alta, al modo de los geiseres, de tal manera que “bufa” (es decir, se tira sus buenos pedos). La casa o pequeña mansión antigua donde transcurre la arquetípica narración de casa encantada es muy común en Asturias, pero juraría que es una del barrio de Jove/Xove en Gijón/Xixón, así que me tengo que dar una vuelta por la zona con mi perro, ahora que tengo fresca en la memoria esta película.
El guión es casi modélico y la filmación es más bien propia del cine moderno actual donde la cámara se acerca al movimiento físico y mental del personaje asustado para contagiarnos su emoción y su angustia, y quizás esto sea lo que menos me gusta porque tengo predilección por escenas donde pesonaje moviéndose y fondo son la misma cosa, como un cuadro. El género es de terror clásico. Y la historia se entiende muy bien si pensamos en las relaciones entre al arte del cine y lo que también constituye un arte, el onírico, que todas las noches nos regala una historia a descifrar, o nos atormenta hasta que la desciframos. Terror y pesadilla vienen a ser narrativamente lo mismo.
Podría inventar una nueva teoría, la del cine y la cebolla, porque el buen cine tiene, como este tubérculo, muchas capas de significado, pero esto ya se ha dicho. También se ha dicho, y si no lo digo yo, que la interpretación onírica es a menudo multivalente, es decir, pueden interpretarse muchas cosas sin que sean contradictorias o erróneas. Tanto es así que según salgo del cine mi madre me hizo una interpretación perfectamente plausible, diferente a la mía.
Mi opinión es que la vida de Belén Rueda se bifurca de lo que iba a ser su vida en un orfanato cuando alguien va y la adopta. Pero esa vida no es anulada por el tiempo, sino que vuelve a ella cuando regresa a la vieja casa. Dicho de otro modo, lo que yace olvidado o dormido en el inconsciente pugna por regresar al conocimiento diurno, pide ser interpretado y comprendido, y por supuesto vivido, tanto que el destino de Belén Rueda cambia por completo (las mareas del inconsciente son peligrosamente subyugantes, fijémonos si no y por ejemplo en todos esos iluminados que, subyugados por el arquetipo del mesías liberador, creen ser la nueva reencarnación de Jesús). Como decía Jung (mencionado en la película de manera bastante incomprensible para los que lo desconocen) todo lo que no es vivido plentamente está condenado a vivirse, se quiera o no, en forma de destino.
Por lo demás, este es el anverso de la historia de Peter Pan. Aquí, Belén Rueda lo mismo que el personaje de Robin Williams ha de volver a creer en las cosas absurdas para el adulto, pero reales para los niños, que están más cerca de la fantasía que surge del inconsciente y que se plasma en el juego narrativo infantil. ¡Vaya mal que me expreso! (pero ahí está, toma ya).