Había en tiempos pretéritos un país que se hallaba dirigido por una casta de políticos moralistas, acorde tanto con el espíritu de aquellos tiempos como con una mentalidad conservadora, seguramente pantemporal. No diré su nombre, porque su historia no acontece en el tiempo conocido, aunque sí podemos leerla en las páginas de la sensibilidad humana. No me inventaré ninguno de momento, para no herir sensibilidades delatando el parecido. No pretendo ofender, pero sí en cambio comparar, función que es la propia de una analogía o de una metáfora, si bien no sabría con cual de ellas calificar este relato. Mi intención es por tanto la de la comprensión, la mía propia pero sobre todo la de los hombres y mujeres de mentalidad conservadora de ese país, el real, para que puedan -si quieren y si no tienen miedo- abrir un poco sus mentes.
La historia de este país comienza cuando la clase conservadora estaba en el cénit de su poder. Este momento coincidió en el tiempo con el empuje de la ciencia y la tecnológica, de tal manera que por muy conservadora que fuera esta clase dirigente no podía fingir que no escuchaba las voces de los hombres sabios de la ciencia.
Estos hombres sabios descubrieron que el hombre, es decir el varón, se siente atraído por la hembra de mujer en ciertas condiciones y no en otras. Estas condiciones son que una mujer ha de tener una proporción armoniosa de las partes de su cuerpo, la cual se compone de una serie de parámetros físicos fuera de los cuales no es hermosa para el varón. La mujer podía estar normal, gorda o delgada, pero en ningún caso sus partes físicas habrían de estar desproporcionadas si es que no quería suscitar indiferencia o incluso asco entre los hombres. Por ejemplo, si tuviera un culo más grande de lo normal, el resto de los parámetros habrían de crecer en la misma proporción si quería ser deseada.
Ha de decirse, en defensa de estos hombres sabios y de su descubrimiento, que lo que le daba rigor científico era que estos gustos se habían constatado no sólo en la civilización occidental, dentro de la cual claramente se encuadraba aquel país, sino en culturas de todos los lugares del mundo, y no sólo contemporáneas sino también pretéritas. Por tanto, se consideró que era una ley biológica y no cultural, y por tanto el varón nunca podría faltarle al respeto incumplíendola, ni la mujer despreciándola. Se dijo que por eso en el caso de la mujer, muchas de ellas sufrían, dado que no tenían una silueta agradable y la sociedad las excluía, al menos en el ámbito de la sexualidad.
Otros descubrimientos menores aledaños a este también se hicieron públicos en los medios de comunicación. Por ejemplo que son más atractivas las mujeres con ojos más grandes o con los labios más carnosos. Se dijo por ejemplo que la falta de simetría en el rostro o en el cuerpo provocaba cierto repelús en los hombres, sin ni siquiera ser conscientes de ello. Por ejemplo un ojo más grande que otro, o una noriz torcida hacia un lado en su punta, lo mismo que unos labios que buscasen la cuesta de la mejilla.
El gobierno dirigente, deseoso de dar la apariencia de ir con los tiempos y no ejercer como antaño hubiera ejercido cualquier gobierno influenciado por la tradición religiosa, barajó la posibilidad de legislar sobre esto. Lo debatió largamente porque temía la oposición de los sectores progresistas de la sociedad, dado que estos siempre se habían opuesto a que la ley se inmiscuyese en la vida privada de las personas, por más razones que pudiera haber de peso para hacerlo. Por ejemplo la antigua ley contra el aborto siempre había tenido a favor el argumento de que el derecho a la vida es prioritario sobre el resto de los derechos, pero las corrientes del feminismo o del obrerismo primaban la decisión de la persona sobre el deber del estado a protegerla, a ella o a sus hijos.
Finalmente se redactó la ley, que quedó más o menos de la siguiente manera. El artículo principal establecía que conforme a la ley natural de las cosas, ampliamente constatada y contrastada por la ciencia, los hombres habían de tener relaciones con mujeres que compliesen las proporciones físicas correctas y las reglas de la belleza simétrica, y sólo con estas. Pese al rechazo de amplísimos sectores de la población, la ley se aprobó, y se hizo incluso con el respaldo de una mayoría de la gente, según parecía palparse. El pueblo había comprendido el alcance revelador de aquellas investigaciones científicas. Consideraban que era cruel, pero así lo había querido la naturaleza y el hombre no tenía derecho a oponerse, ni podía claro está, salvo que quisiera autodestruirse.
Continuará…