¿Podría el hombre construir un ser computacional de una inteligencia similar o al menos aproximada a la suya? Es decir, ¿podría simular el comportamiento de un perro o un mono?.
Para empezar habría que preguntarse si eso nos interesa o no, porque lo que la tecnología y la informática pretenden es precisamente la predicibilidad del comportamiento. Los que amamos al perro toleramos y hasta admiramos esa desobediencia propia. También hay que tener en cuenta que un sistema tan inteligente como un perro resolvería los problemas que habitualmente resuelven los perros, pero también otros muchos, por lo que se perdería concrección, que es algo que las máquinas sí han logrado.
Además, la complejidad añade el elemento de la falibilidad, y es que a cambio de la posibilidad de error en el análisis de la situaciones y en el comportamiento ante tales, lo animales complejos como el hombre o el perro son capaces de resolver problemas mucho más complejos y ambiguos, los cuales no resolvería un autómata. Por ejemplo podemos decidir y actuar sin conocer todas las variables que influyen en el problema, y lo hacemos con más posibilidad de éxito de la que tendría una máquina bien programada. Pero bien es cierto que para problemas concretos, soluciones concretas, y si el éxito está asegurado con una solución simple, mejor que mejor, por lo tanto la inteligencia sería útil en otros contextos. Tal vez una máquina inteligente vendría bien en la exploración espacial, previa a la colonización, donde esta máquina cediese la solución de problemas sencillos a máquinas sencillas, y los complejos los resolviese ella misma, tal como hacemos ahora mismo los humanos.
Relacionado con la inteligencia artificial está el problema humano, esto es un montón de problemas éticos. Uno de ellos: si pareja a la inteligencia va obligadamente la emoción, ¿debería el hombre añadir la ruptura emocional propia de la vida a una psique simple como es la de la máquina? ¿Sería entonces una máquina humana?. Isaac Asimov en sus novelas argumentaba que sí, y en Inteligencia Artificial Steven Spealberg opinaba lo mismo. Hay quienes, amparándose en la ley de que el hombre es lobo para el hombre, tratan de conseguir lo contrario, que es reducir la inteligencia del hombre a una inteligencia menor, más manejable y menos independiente, conseguir un hombre productor, un hombre consumidor o un hombre pasota. Dentro de esta tendencia se encuadran la manipulación de las masas o la génesis de híbridos entre hombre y chimpancé. Opino como ese cineasta hispano-argentino que dice a través de uno de sus personajes que no tengamos miedo en inculcar ese virus que no tiene vuelta atrás, que es el virus de la curiosidad y de la inteligencia. Al fin y al cabo, si la vida una vez nace tiende a expandirse y colonizarlo todo, por qué no la inteligencia.
Otra pregunta a hacerse es si sería de verdad posible. Es un hecho que el hombre no puede comprenderse a sí mismo con facilidad. Se necesita toda una vida para comprender algo, y hay mucha gente que muere sin comprender nada. Esta paradoja resulta parcialmente superada cuando jugamos al fútbol o al chapolín: yo era un buen jugador del segundo cuando era un chaval y no tenía ni idea de las leyes físicas que gobiernan este juego. Pero esto es una resolución parcial, porque las leyes físicas aplicables a un juego son mucho más sencillas que las leyes mentales, las leyes humanas o las sociales, las leyes planetarias o las leyes de la vida. Por ejemplo Aníbal, Alejandro Magno o Julio César fueron magníficos estrategas, pero nadie pondría al mando de las legiones romanas para sofocar la rebelión de las galias al tarugo del pueblo.
Creo que hay que adelantarse a los tiempos para poder preveer las dificultades. Cuando no existían las bases de datos relacionales y estas se utilizaban sin inteligencia alguna, se contrataban informáticos no para programarlas sino para almacenar los datos. Cuando aparecieron, hubo cierta oposición de los informáticos porque les quitaría su función, pero ni esa era su función ni era inteligente una oposición así. Creo que la inteligencia artificial vendrá tarde o temprano, lo queramos o no, y hay que adelantarse para asegurar que se produzca bajo la supervisión y diseño de las leyes de la ética, que son las únicas que a largo plazo resulta constructivas para el hombre.
En los primeros años de la inteligencia artificial se dudaba si se habría de copiar la mente humana para lograr inteligencia, o de si los ordenadores habrían de trabajar a su manera. Sin duda tuvo éxito la visión de que la máquina ha de lograr sus objetivos teniendo en cuenta sus propias peculiaridades, pero no hay que olvidar que en muchas aplicaciones de inteligencia artificial están teniendo un éxito rotundo las redes neuronales, y esta rama informática existe gracias a la comparación y a la admiración que existe de las redes de neuronas existentes en el cerebro animal.
Dentro de la inteligencia artificial el tiempo también empieza a ser un factor a tener en cuenta, y con él han venido las leyes de la evolución aplicadas a la resolución computacional, y estoy pensando en los algoritmos genéticos y en la vida artificial. La siguiente fase en la búsqueda de máquinas verdaderamente inteligentes ha de ser una nueva incorporación. Hasta ahora se programa el comportamiento. Pero creo que al igual que los diseños hechos con algoritmos artificiales, el comportamiento de la máquina ha de programarlo no el informático sino la evolución de esta máquina en su entorno o con respecto a su objetivo. Lo que sí ha de programar el ser humano son las leyes que rigen los comportamientos.
Hay muchas leyes que rigen distintos y complejísimos comportamientos como el humano, el animal, el de los seres vivos, el comportamiento social o el económico. Por ejemplo se suele cumplir cierta ley que destroza un parque con un hermoso césped intacto: primero nadie lo pisa, pero como el césped esta en medio de nuestro itinerario y llevamos prisa, alguien lo cruza por primera vez por cierto sitio, el resto de la gente hará lo mismo pero no por cualquier trayectoria dentro del césped, sino por la misma que inició el primero.
Otra ley que se cumple a rajatabla y en todo lo que soy capaz de observar es la segunda ley de la termodinámica. En términos semicientíficos dice que un sistema cerrado que además no intercambie ni energía ni materia con el exterior a él acaba transformando la energía que alberga en formas de energía menos aprovechables, por ejemplo la energía luminosa en calor. La entropía de este sistema aumenta, y ésta es una medida del caos que alberga un sistema. En ese sentido la segunda ley de la termodinámica explicada en términos profanos nos da una idea de lo aplicable que es a tantas cosas: un sistema cerrado tiende al caos. Por ejemplo una casa que no se limpia, o que no se mantiene, o que no se habita, acaba deteriorándose y cayéndose. Un perro al que sus amos le niegan el contacto con otros congéneres termina siendo amargado y violento. Un país o una civilización que se cierra al contacto con nuevas ideas o al flujo de gentes acaba volviéndose intransigente, involucionista, loca, incapaz de superarse a sí misma. La razón por la que estoy en contra de la xenofobia y a favor de la inmigración es ésta: la segunda ley de la termodinámica, ¿puede encontrarme alguien alguna razón más científica, en estos tiempos en que la ciencia es el paradigma de lo sabio?.
La segunda ley de la termodinámica aplicada a la mente humana explica muchas cosas. Sin nuevas aportaciones, sin nuevas ideas, la mente se nutre de lo ya pensado por ella misma, de lo ya vivido o experimentado, y no sale de ahí. Lo más normal es que de las malas experiencias se extraigan malas lecciones, explicaciones y decisiones morales equivocadas que sólo tienen en cuenta un fenómeno concreto. Nunca podrá explicar más de lo ya explicado o aprendido si no existe una fuerza que atraiga nuevas ideas, valores o personas del exterior. Los pensamientos serán circulares, las emociones casi exclusivamente dolorosas, habrá un desarraigo con la vida porque la vida cumple la segunda ley de la termodinámica de otra forma: el organismo vivo disminuye su entropía interna a cambio de aumentar la de su exterior. Una mente así no es realmente un sistema vivo sino cerrado, no puede ver más allá de sus narices. Es el equivalente a una economía cerrada, o a un médico que cree que ya lo sabe todo sobre enfermedades y enfermos.
Una nueva ley a implementar por la inteligencia artificial, y motivo de especulación e investigación por parte de la psicología y la filosofía, sería la que llamaré le ley del propósito. Dicen que hay pocas cosas que inventar (yo no lo creo), así que seguramente ya la habrá pensado alguien con otro nombre. El lugar más evidente donde esta ley actúa es la mente humana. Podría decirse que sin un objetivo o propósito la mente humana, como la animal, se desorganiza. Esto es así porque la mente es en este aspecto reducible a un lápiz: nace con un objetivo que es el de escribir, y si no se le saca punta, no escribe y se convierte en inútil. No tiene porqué ser un gran objetivo, es decir no todo el mundo está capacitado para transformar el mundo, pero sí hay que marcarse objetivos sencillos como sacar adelante a los hijos, lograr un título, etc. A la mente animal le ocurre lo mismo: la vida en ciudad es muy aburrida para un perro. Son muchas horas solitarias para un perro adulto en un espacio tan reducido para él como un piso, sin otra cosa que hacer que dormir, y encima cuando salen a la calle se les lleva atados con correa y se les impide intercomunicarse (no siempre pacíficamente, desde luego) con el resto de perritos y perritas. Por eso yo suelo tirarle la pelota, al menos en esa hora mi perro tiene un objetivo sencillo y gratificante, coger la pelota lo mismo que si fuera una presa que corre y se escabuye.
Esta ley del propósito está considerada totalmente acientífica hoy en día, por lo menos aplicable a la vida. Se considera que si la vida tiene un propósito, entonces existe Dios, y esto ya Darwin demostró que no es cierto: la vida evoluciona hacia formas más complejas y perfectas sin necesidad de un propósito. Sin embargo para mí Dios no es una idea metafísica sino algo muy real: las leyes de la naturaleza, aquello que han de cumplir todo objeto u organismo para existir, estas leyes son las que crean nuestro universo o al menos lo gobiernan. Muchos científicos vuelven ahora a creer en la idea de Dios porque por observación e intuición se dan cuenta de que hay cierta tendencia de el universo observable a crear vida, como si las leyes que hacen que la vida exista estuvieran presentes desde el inicio del tiempo y permanecieran latentes hasta que en planetas como el nuestro se dieran a conocer gracias al pensamiento humano, que no es otra cosa que un producto de esas leyes. Si es así, todo organismo vivo que no tenga un propósito no pervive. Con esto quieo decir que puede sobrevivir o no, pero no deja sus genes a las generaciones futuras. En el ámbito humano, además de aplicable a lo tangible como es la descendencia, puede generalizarse un poco y aplicarse al ámbito de las ideas pues, como dijo Miguel de Unamuno, la única manera que de verdad tiene de sobrevivir un hombre es transmitiendo sus ideas. Hay que tener en cuenta que la naturaleza tiene sus mecanismos de poda (algunas ramas no sobrevivien), pero no veo tan claro que la poda de las ideas, como las dictaduras y las democracias pretenden, sirvan de mucho (mala hierba nunca muere, o como dedía mi profesor de historia Gonzalo Sancho, alias Pinfi, las ideas están por encima de las personas).
Hay otras leyes físicas o matemáticas que habrían de comprenderse mejor y probarse si queremos inteligencia artificial verdadera, o al menos si queremos comprender mejor al hombre o a la vida. Por ejemplo las leyes que gobiernan la mecánica de fluídos. También están leyes que la naturaleza ha seleccionado como las mejores para resolver ciertos problemas. No hay que olvidar que al seleccionar indiviudos, las leyes de la evolución natural no sólo seleccionan sus genes, también seleccionan las leyes que estos genes aplican. Por ejemplo está la secuencia de Fibbonacci, que maximiza el número de objetos albergables en un espacio limitado, muy típico en las formas vegetales, pero también en comportamientos animales como el del halcón, que gracias a esta ley centra su atención en su presa economizando el tiempo de vuelo.
Las leyes fractales son muy utilizadas en el crecimiento de las formas vegetales porque maximizan el contacto con el exterior. La ley fractal puede formularse: algo está compuesto de algos más pequeños. Un organismo fractal genera su tamaño a partir de lo microscópico y de manera exponencial con las instrucciones más sencillas. Al igual que un algoritmo de compresión de imágenes no graba toda la información de la imágen sino los parámetros que esta parece tener, desplegando la imagen original cuando queramos generarla, en el genoma humano, animal y vegetal se guardan las reglas de generación y no las disposiciones concretas con todos sus detalles. Un árbol está compuesto de muchos árboles más pequeños: un árbol es uno o más troncos, y cada tronco es una o más ramas, lo mismo cada rama hasta llegar a las hojas, pero estas consiguen distribuir sus nutrientes con la misma estructura de riego. Todo gracias a la fórmula matemática y genética de F = k * (F1 + F2), siendo F el diámetro de la rama principal, F1 y F2 el diámetro de las dos ramas hijas (o más si las hubiera) y k la constante que para los árboles es 2, para el sistema circulatorio humano es 2.7, y para los pulmones es 3. Podemos comprobar como el sistema fractal optimiza el transporte y abastecimiento de nutrientes a todas las células del cuerpo con un volúmen inferior al 3% del total en nuestro sistema circulatorio, y estas y otras curiosidades podemos verlas en esta página o, por supuesto, en la excelente enciclopedia de Wikipedia.
Por cierto que la formula anterior está incompleta porque ha de tenerse en cuenta que su aplicación ha de tener un límite, es decir hay un número máximo de iteraciones. Esto es lo que hace que exista mucha vida y poco cáncer relativamente. El mismo ADN, como sistema fractal, tiene un número máximo de reproducciones. Si se cumple esta cota, existe la reproducción de las células y la vida, pero si no, llega el cáncer (la reproducción sin freno, algo así como lo que hace el hombre capitalista con el medio ambiente). Por cierto que el ADN es un nudo (ver teoría de nudos) que una vez cerrado no se puede deshacer salvo que se rompa para reproducirse (o tal vez sí pero con mucho tiempo por delante, pero no lo sé), y los virus son tan peligrosos porque alteran la estructura de nudo del ADN para reproducirse ellos mismos, que por sí solos no pueden (seguramente tienen una codificación genética que implementa una secuencia de los tres movimientos deReidemeister necesarios para cambiar la estructura de nudo del ADN).
Los fractales no sólo existen en la naturaleza viva según la definición clásica, por ejemplo en las redes neuronales del cerebro, en el sistema digestivo (implementando una superficie plegada con la misma funcionalidad que el estómago, aumentan el contanto con los nutrientes y los procesan primero). Están también presentes en fenómenos planetarios como la forma de las nubes o el movimiento y secuencia de las olas, las trayectorias de los ríos o de las costas y de los contornos montañosos. Cada vez estoy más convencido que el planeta es un sistema u organismo vivo. Las leyes económicas y financieras también suelen incorporar leyes fractales, de tal manera que se están utilizando en la bolsa para predecir su comportamiento mejor que con leyes anteriores. La arquitectura y la planificación urbanística incorporan diseños fractales cada vez más a menudo, y curiosamente dan a las estructuras una total integración o simbiosis con el medio ambiente que lo rodea, al igual que las cabañas, los acueductos romanos o las iglesias lo han hecho en el campo durante siglos. No siempre los arquitectos han sido conscientes de los fractales.
Tampoco los artistas y los filósofos del pasado lo han sido, pero sí los han incorporado a sus pensamientos y a sus obras, como es el caso de dos pintores que yo sepa por lo menos. Es esto lo que me hace pensar que también el comportamiento humano o el comportamiento animal, o la simulación de ambos, habrían de incorporar las leyes fractales, hasta en campos tan alejados de lo científico como es el del simbolismo o el análisis de los sueños (¿podemos imaginarnos generación de sueños en una computadora?, pues cierta novela de ciencia ficción lo hace, por cierto expléndida, de Domingo Santos), ya que al fin y al cabo un rasgo de la fractalidad es que la parte se asemeja al todo, y en eso los sueños y el cine se adelantan a la comprensión científica a la hora de comprender la naturaleza, pues para conformar sus historias morales utilizan la capacidad de síntesis de los símbolos.
Otras leyes matemáticas presentes en la materia bológica son las que implementan formas simétricas por un lado y formas espirales por otro. En las primeras las formas básicas sólo necesitan la mitad de información genética para realizar la totalidad del ser. En las segundas la forma básica crece y se desarrolla hasta ocupar un espacio máximo, lo que me hace pensar que sería una buena ley para tratar de implementar el aprendizaje. Los celtas incorporaban la espiral como motivo en su arte, ellos que gustaban del arte abstracto y del aprendizaje escolástico más incluso que los griegos, solo que a diferencia de estos no apreciaban la transmisión de ideas a través de la escritura sino a través de la comprensión individual. Precisamente esto es lo que un símbolo exige al que lo experimenta: descifrarlo, comprenderlo por el mismo, a la vez que lo experimenta. La espiral codifica visualmente la idea de aprender, la cual supone evolucionar desde el aprendizaje básico o inherente al organismo hasta alcanzar la comprensión de un fenómeno dándole vueltas sobre este, de la misma manera que un perro curiosea un bicho u objeto nuevo dándo vueltas a su alrededor. Esto permite verlo desde todos los puntos de vista, una y otra vez, es decir, refinar y reaprender. Pero a la vez no es un pensamiento circular, porque no se queda dando vueltas indefinidamente sin avanzar, sino que ocupa el máximo espacio que se le permite.